Lo imposible había sido transformado en trivial.
Una vez, Ennio De Giorgi terminó su clase cinco minutos antes.
Era profesor de Análisis Matemático en la Escuela Normal Superior de Pisa. Uno de los matemáticos más brillantes del siglo XX. Y estaba a punto de salir del aula cuando un estudiante levantó la mano.
Tenía una integral que no podía resolver.
De Giorgi aceptó verla.
El estudiante escribió la expresión en la pizarra. No era simple. No era elegante. Era una de esas integrales que parecen diseñadas para humillar.
De Giorgi la miró unos segundos.
Luego dijo con calma: intentemos una sustitución.
Y escribió una expresión larguísima, llena de raíces, fracciones, arcotangentes y términos encadenados que parecían no tener fin.
Empezó a trabajar.
Llenó un pizarrón. Luego otro. Luego otro más.
Los estudiantes dejaron de copiar. Empezaron a observar. Luego a inquietarse. Luego a desesperarse.
Llegó la hora del almuerzo.
Todos miraban con silencioso rencor al compañero que había hecho la pregunta.
De Giorgi no se dio cuenta.
Seguía escribiendo con tranquilidad absoluta, como si el tiempo no existiera, como si el aula fuera solo él y el problema.
Finalmente se detuvo.
Miró lo que había escrito.
Y dijo:
Ahora esto se simplifica con esto. Esto se cancela con esto. Cambiamos de variable.
Y la integral se convierte en algo como: la integral de y al cuadrado entre 3 y 5.
Una integral que cualquier estudiante de secundaria puede resolver.
La sala quedó en silencio.
Lo imposible había sido transformado en trivial.
No por fuerza.
No por brutalidad.
Por visión.
De Giorgi no vencía a los problemas atacándolos.
Los rodeaba.
Los miraba desde otro ángulo.
Y los hacía rendirse.
Eso no es solo inteligencia.
Es una forma de ver el mundo.
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