Llegamos a esta vida como un tenue resplandor de ser.


Llegamos a esta vida como un tenue resplandor de ser; tiernos, curiosos y llenos de posibilidades.

Cada uno de nosotros lleva una chispa que recuerda algo ancestral,

algo suave, algo verdadero.

Y a medida que avanzamos

por el mundo, aprendemos que

el amor y el dolor no son opuestos, sino compañeros en el mismo camino.

Amar es humano. Herir es humano. Pero seguir amando después

del dolor; ahí es donde el alma revela

su naturaleza más profunda.

Hay una gracia que surge cuando elegimos la apertura en lugar

del retraimiento, cuando dejamos

que el corazón permanezca abierto incluso después de haber sido herido. No es perfección; es valentía.

Es la fuerza serena que proviene

de saber que la ternura no es debilidad, sino una forma de sabiduría.

De esta manera, nos convertimos

en recordatorios vivientes

de resiliencia; eligiendo la compasión incluso cuando el miedo susurra

lo contrario, eligiendo la conexión incluso cuando la pérdida

ha dejado huella.

Aprendemos a acoger nuestras experiencias con suavidad, permitiendo que nos moldeen

sin endurecernos.

Y en esa suavidad, aparece algo luminoso: la verdad de que nuestro espíritu está destinado a expandirse, no a contraerse.

Ofrecer amor, no a pesar del dolor, sino a través de él.

Caminar con el corazón abierto, confiando en que cada paso

dado con sinceridad nos acerca

a nuestra propia gracia interior.

Mitra

Web


Comentarios