En la cocina de mi abuela no había refrigerador ni garrafones.
En la cocina de mi abuela no había refrigerador ni garrafones. Había un cántaro de barro con la boca cubierta por un paño limpio.
De niño me fascinaba ese misterio: ¿cómo estaba tan fría el agua, sin hielo, sin electricidad?
Un día le pregunté por qué sabía diferente. Sonrió, metió la mano en el jarro y sacó una piedra redonda.
—Esta piedra vino del río. La lavé, la herví, la puse aquí. El agua la reconoce y se calma.
Me explicó que el barro respiraba, que las piedras no solo daban minerales, sino memoria.
—El agua que pasa por piedra y barro no se pudre. Se vuelve medicina.
No lo entendí entonces. Pero cuando cambiamos el cántaro por plástico, lo supe: el agua perdió su alma.
Hoy, cada vez que bebo agua con sabor a cloro, recuerdo el golpe suave del vaso de barro en mis labios.
Y entiendo que mi abuela no solo me dio de beber. Me enseñó que la tierra guarda vida.
Quizás sea hora de volver. No por nostalgia. Sino porque hay cosas que la modernidad no sabe imitar.
Lo que no respira, se pudre por dentro aunque parezca más limpio, más rápido, más seguro. El plástico no deja pasar el aire; el control tampoco deja pasar la vida. Hay procesos que no se pueden acelerar sin perder el alma de lo que pasa por ellos — el agua, una decisión, un duelo. Volver no siempre es nostalgia: a veces es reconocer qué piedra hacía falta y que la quitamos por prisa.
@ankorinclan



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