Operación Nereda.
Edward John Poynter
I. Lo extraordinario vuelca sobre una vida ordinaria.
Es un día como cualquier otro en el pequeño mundo de Lemuel, un campesino, una familia en una ranchería, en un lugar olvidado de la sierra, en 1927.
Avanza sobre la vereda con el azadón al hombro. Así, como si se tratara de hojas de mimosas que se pliegan, reaccionan sus músculos cansados. La promesa de una hamaca y un vaso de aguardiente, son todo lo que el hombre anhela en este momento.
Lemuel por fin llega a casa; lo espera un café de olla y una pieza de pan, acabada de salir del horno de piedra. Apenas termina el humilde manjar, limpia sus labios y bigotes con las mangas de la camisa. El hombre cierra los ojos, las aletas de la nariz se le dilatan, su respiración es tan agitada, como sus recuerdos de aquel día en que repararon el tejaban; se transporta…
II. La seducción.
Ahí estaba esa rara y hermosa mujer, desconocida por esos lares, pavoneándose con los últimos rayos del sol, frente a él, al otro lado de las salvajes aguas; levantándose las enaguas, como no queriendo salpicarlas, elevándolas lo suficiente para traspasar el pliegue de sus bien formadas n@lgas; y un poco más allá. Para la hombría de Lemuel, todo un reto, invitándolo con sus sensuales gestos femeninos, bien calculados. Pero lo más extraño era la voz que le hablaba a Lemuel en su interior: “cruza el arroyo” Así le decía.
La mujer, parada en una piedra en la otra orilla, sugería, insinuaba sin hablar, batiendo sus pestañas de manera irresistible, como una sirena de agua dulce, una 3rót1ca Nereida, la Calypso de esa serranía, una ninfa, seductora y embriagante.
¿Cómo olvidarla? Era muy extraño como las imágenes se clavaban en su mente, sin explicación; más allá de su voluntad: cantos celestiales, voces que lo invitaban a hundirse en el delicioso abismo de esa hembra, ese espacio estrecho y húmedo que es la perdición de los hombres, ese abismo que comienza por debajo del negro manojo triangular de vellos retorcidos; ahí donde empiezan las blancas piernas, esas que se abrirían para ofrecer las puertas del cielo, o quizá del infierno. Así recordaba Lemuel esas largas y torneadas piernas que en signo de redención, se extenderían plenamente, para recibir su hombría. Y lo único que tenía que hacer, era cruzar el rio crecido.
Entonces Lemuel regresa de golpe al presente, lo traen de vuelta las pulsaciones de su henchido fälo, ese torrente de sangre, tan salvaje como las aguas del rio en aquel bendito o maldito anochecer en el que la ninfa se le ofreció.
Cuando Lemuel vuelve en sí, sus manos presionan sobre el pantalón, intentando domar la furia de su vir1lidad. Entonces el hombre reflexiona:
“Estuve cerca del encantamiento. Aquella hembra perfecta no podría haber sido sino una bruja”
— Lemuel, porque pones esa cara de idiota — le inquiere su mujer.
Lemuel, finge que no pasa nada, continua con las indicaciones a su mujer, en preparación para su viaje:
— También ponme las cáscaras de coco en los costales de yute, esas son ´re buenas para quemárselas a los mosquitos, que son una verdadera molestia en la noche.
III. La recolección de huevos.
Petra no puede conciliar el sueño, su marido y su hijo Elías llevan dos días en las fincas del cerro Escuingo. No puede entender como hoy, después de varios meses de no tener periodos, la menstruación llega. Jamás había sido irregular en su regla, y Lemuel no la toca desde hace un año. Sería imposible estar “preñada”.
Le viene a la mente aquel sueño extraño que se repite una vez al mes, justo cuando sus s3nos hinchados le anuncian que esta ovulando. En el sueño Petra esta desnūda, siente una presencia en la habitación. Los grillos, que hasta hace un minuto cantaban en alguna esquina, enmudecen. De repente es tocada por un ser invisible; ella no puede moverse, y la entidad, que ella piensa que es un “él”, la penetra con un frio objeto.
Siempre que despierta de ese sueño, todo parece en calma en la habitación, excepto por los ronquidos de Lemuel y ese fuerte dolor en la vä_gina y que le recorre todo el vientre, haciéndola pensar que ese ser etéreo en realidad estuvo ahí, que la visito y la poseyó.
IV. Consiguiendo alimento.
Son las últimas horas del primer día del corte de café. A la orilla del arroyo, cerca del tejaban donde dormirán, Lemuel observa a Juanito, el hombrecillo mide apenas un metro con cuarenta centímetros de estatura, es exageradamente flaco, con los ojos camuflajeados, sumidos dentro de las cuencas, bajo pómulos prominentes y cejas pobladas.
Juanito es su nuevo peón, y Lemuel no puede entender como un hombre tan bajo de estatura y con tan esquelético cuerpo, puede tener la fuerza de tres peones: levanta dos bultos de yute, repletos de granos, de un solo golpe, y los deja con precisión sobre las mulas. Antes lo observó en las fincas, en el corte llenaba tres tenates de café en el mismo tiempo que podría hacerlo el más eficiente trabajador.
Luego en el almuerzo, trató de hacerle plática, pero apenas pudo arrancarle un poco de información, que vivía más allá de donde nace el arroyo, donde la niebla se vuelve espesa en la serranía, solo con su familia en una pequeña casa, que con su raya de mañana completaría lo que le faltaba para poder comprar unos animales y entonces regresaría a su casa. Cuando le preguntaba otra cosa, contestaba con la misma letanía, como sí esas frases las tuviera memorizadas, como si fuera incapaz de mantener otra conversación. El hombrecillo, de preferencia usa señas o monosílabos. Cuando habla, lo hace con un acento extraño.
Sentados al pie del arroyo terminan su cena: una tanda de gordas de manteca, bañadas con frijoles, huevos revueltos y chiles hervidos que Petra les preparó de madrugada. El café recolectado en la jornada, calcula Lemuel, es ya un setenta por ciento de la carga que pueden llevar sus bestias.
—Fue bueno contar con tu ayuda hoy Juanito, mañana domingo podemos terminar el trabajo a buena hora. Es extraño que los peones que siempre me han ayudado no estén, y sus casas al pie del cerro estén abandonadas. Pero es una suerte que tú aparecieras por aquí, es una pena que solo estés de paso, eres un buen trabajador.
Juanito, solo mira a Lemuel, no contesta. La noche ha caído de lleno.
— ¿Porque no comes una de nuestras gordas Juanito?— le dice Elías— ¿Cómo te puedes alimentar solo con el atole rojo que traes en este extraño saco? ¿De qué está hecho? ¡Es transparente!, a ver, préstamelo.
Juanito arrebata de un zarpazo felino el saco de la mano de Elías, cuando apenas lo había tomado. Elías, perplejo abre tremendos ojos, pues ni siquiera vio venir el movimiento. Juanito, al darse cuenta de que fue descortés, otorga unas pocas palabras para enmendar su acto:
— Ustedes todavía no conocen este material, lo llamaran plástico.
— ¿Ustedes? ¿Pues tu que eres? ¿De dónde vienes?— Le pregunta Elías.
La situación embarazosa es acallada por el lamento de dos mulas, que en un segundo son arrastradas a lo profundo de la maleza.
— Elías quédate aquí, sígueme Juanito ¡Quien hijo ‘e pŪta se llevó a mis mulas!
Los hombres corren detrás del rastro dejado entre el alto zacatal. Trecientos metros adentro se detienen de golpe, la tremenda brecha que se abrió por el arrastre de las mulas se termina, no hay más, solo paredes de hierba.
Lemuel gira en todas direcciones buscando:
— ¿Dónde estas Juanito? ¡Que carajos! Se han robado mis mulas y ahora tú desapareces ¡Cabrón muchacho!
Lemuel se percata que hay un árbol frente a él, entre la maleza. Una rama cruje, Lemuel levanta la vista.
¡Ahí está una de sus mulas! Suspendida, amarrada por las patas traseras y colgando de la rama. La cabeza del animal se balancea a escasos ochenta centímetros sobre el hombre, sus ojos saltones y su hocico abierto indican que ha muerto. Dos incisiones en el cuello del animal indican que fue desangrada, pero no hay una sola gota de sangre en el suelo, incluso las heridas están muy limpias, solo la carne viva brilla con la luz de la luna.
El terror se apodera de Lemuel, analiza mentalmente la situación ¿Cómo pudo ocurrir todo esto tan solo en el tiempo que le tomó recorrer la distancia, trecientos metros, a través de la brecha, persiguiendo a “la cosa” que se llevó sus mulas? Ningún animal salvaje pudo hacerlo, arrastrar tan rápido dos cuerpos de un cuarto de tonelada, amarrar a una de las mulas a la rama del árbol, cortarle el cuello y extraerle toda la sangre sin derramar nada, y desaparecer con la segunda mula, llevándola sin dejar rastro ¡”La cosa” tendría que volar! ¡Y elevarse por los aires sujetando el animal! ¿Y si pudo amarrar al árbol esta mula?, entonces “la cosa” tiene manos, no podría ser de otra forma.
Lemuel se gira buscando la brecha por la que vino en persecución, pero no hay nada, el camino ha desaparecido:
—¿Qué pūtas madres está pasando? ¡Déjenme en paz brujas, hijas de la ch1ngada!
Es lo único que se le ocurre al desesperado hombre, que comienza a abrirse paso buscando la inexistente brecha, en la dirección por donde vino.
Su machete choca contra una superficie dura, apenas ha avanzado medio metro, es una alta pared de tierra y piedras que se eleva a gran altura:
— ¡Que carajos! ¿Cómo llegué a las faldas del cerro Escuingo? ¡Si el tejaban está bien lejos de aquí!
V. S3xo en el laboratorio.
Lemuel esta disgustado, continúa gritando improperios y golpea con su machete la pared escarpada, el cerro cruje, entonces se abre una grieta en la pared, dejando a la vista la entrada a una cueva, el hombre se anima, quiere averiguar.
Mientras avanza por un pasillo central, observa, ordenados a los costados, estanques cúbicos de cristal, como de un metro por lado.
Los primeros estanques están llenos a la mitad con una solución transparente, que es oxigenada con tubos, también hay sensores sumergidos, conectados con cables a pantallas elevadas sobre los estanques.
Lemuel no sabe que son todos esos fierros. Unos metros adelante hay otra agrupación de estanques, mas grandes, y en cada uno de ellos se mueven una docena de seres negruzcos, alargados, como de unos treinta centímetros, con pequeñas protuberancias en el cuerpo y una gran cabeza y con ojos saltones. Se desplazan moviendo todo su cuerpo en forma de zigzag.
Una voz a su espalda le dice:
— Esas son nuestras larvas Lemuel.
El hombre gira, es la mujer que se le apareció antes en el arroyo crecido, la bruja, la nereida. Esta desn-ūda y su cuerpo es más hermoso de lo que Lemuel suponía.
— ¿Me deseas Lemuel?
La mujer estira su brazo derecho y el hombre se despega del piso.
La mujer lo gira noventa grados, poniéndolo de espaldas al piso, a un metro de altura. En esa posición la mujer lo conduce, levitando, hasta el fondo del pasillo, él no tiene voluntad, ni se puede mover, simplemente es transportado.
Escucha la voz de la Nereida, viene detrás de él.
En el trayecto Lemuel ve los capullos pegajosos, pegados a las húmedas paredes, que son irrigados a través de tubos: un líquido rojo resbala sobre los bultos viscosos y es absorbido inmediatamente por ellos.
— Esas que acabamos de pasar son nuestras pupas, Lemuel — le indica la mujer — Y allá al fondo en ese corral, está tu mula, junto con las de otros campesinos, las hemos reunido aquí, pues son preciosas para nosotros. No te la robamos, te lo aclaro, te la compraremos.
Pasan a una nueva cámara, que está adaptada como habitación, la mujer lo baja con delicadeza sobre la cama.
Finalmente Lemuel recobra la movilidad. Ella lo comienza a desnūdar.
— Siempre has deseado estar conmigo Lemuel, y ahora estas aquí, así que, relájate y "dame lo mejor de ti". Puedes hacer conmigo lo que quieras.
Durante dos horas hac3n el am∅r, cada vez que él termina, ella lo muerde en el cuello y Lemuel recupera el vigor. Tres veces se viene en ella.
VI. El sueño humedo.
Lemuel esta acostado, solo y sedado en la cama, su p3-ne erguido esta conectado a un tubo que le succiona todo el s3men disponible. Tiene cables conectados a su cabeza. Sus ojos estan cerrados. Sonríe. Él cree que hace el amør con la nereida.
La mujer parada junto a la cama, observa en silencio el procedimiento de extracción del preciado líquido de Lemuel. La nereida mide apenas un metro con cuarenta centímetros de estatura, es exageradamente flaca, y sus ojos se esconden, sumidos dentro de las cuencas, bajo pómulos prominentes y cejas pobladas. De vez en cuando agita sus alas.
Llega un asistente a quien le ordena:
— Inyéctenlo para que no recuerde nada y devuélvanlo adonde su hijo.
VII. No te hare daño, solo me llevaré tus mulas.
Elías esta solo en el tejaban, escucha un zumbido muy fuerte, le recuerda al sonido que produce un mosquito, aunque por la intensidad debería tratarse de un mosco gigante. Busca en el cielo lo que produce el ruido, pero no ve nada. Siente un aguijonazo en el cuello, entonces gira y ahí esta el humanoide, en el cual distingue rasgos que le son familiares, es una transformación de Juanito. El ente esta totalmente desnudo y de su espalda nacen dos alas, constituidas por membranas transparentes, sujetas a cartílagos.
Juanito pliega sus alas en un segundo, ocultándolas dentro de su cuerpo. Su larga trompa comienza a encogerse, hasta que se retrae completa y se pierde en el interior de la cavidad bucal.
Elías quiere hablar pero no puede, se encuentra paralizado, es seguro que Juanito le inyectó algún tipo de anestésico en el cuello. Él esta consciente, puede escuchar y ver, pero no se puede mover. Juanito habla con fluidez:
— No temas Elías, no te haré daño, solo me llevaré tus mulas, aquí en ese saco te dejo unas monedas de oro, pagaré por tus bestias. Ustedes han sido muy amables, y por eso te explico, somos una raza en peligro de extinción, con una peculiaridad, somos híbridos y estériles, al igual que tus mulas, que son el resultado de la fecundación de un óvulo de yegua, por el esp3rma de un burro, eso tú lo sabes. Nosotros dominamos las ciencias, y utilizamos lo que en cincuenta años tu raza conocerá como genética, para preservar nuestra especie. Vinimos a esta dimensión y a este momento en el que tú y padre viven, porque encontramos una alternativa para sobrevivir: usamos óvulos humanos, los cuales tratamos con una mezcla especial; los cultivamos en laboratorios y los nutrimos con una formula única, derivada de la sangre de un animal híbrido y estéril: la mula. Siempre hemos vivido cerca de tu raza en un universo paralelo, pero en medio de toda nuestra tecnología no fuimos capaces de visualizar que los asnos se extinguirían y tuvimos que transportarnos a tu dimensión, a tu presente, donde hay suficientes caballos, asnos, y por supuesto mulas: nuestra materia prima para concebir nuevos integrantes y también para nuestro consumo, pues nos alimentamos de su sangre. Requerimos también burros sanos para sementales, por lo cual me llevaré a tu Zacarias. Te diría que me despidas de tu padre, pero cuando me vaya no recordaras nada. Mis compañeros ya están trayendo a Lemuel aquí. Adiós amigo, ten una buena vida.
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Relato, por #Ticuriche
Operación Nereda.
Cuento escrito por Alejandro Rivera
La pintura que acompaña el relato se llama
"La cueva de las ninfas de la tormenta, 1903"
(The Cave of the Storm Nymphs, 1903 )
" de Edward Poynter.
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