Cerillos, fósforos y velas.
Estas tres palabras encierran un símbolo muy humano: la forma en que las personas entran en nuestras vidas y la luz que dejan tras de sí.
Los cerillos hablan de una intensidad efímera, de un instante fugaz, de una presencia que perdura.
Es una metáfora sencilla, pero que toca una fibra sensible: no toda luz dura lo mismo, y no todo lo que arde ilumina de verdad.
Hay personas que pasan por la vida como cerillos. Se encienden rápidamente, iluminan por un instante, se calientan lo justo para un gesto y luego se apagan.
Tienen el brillo repentino de las emociones intensas, de las promesas hechas en el calor del momento, de pasiones que parecen incendiar el mundo pero que no perduran.
Dejan tras de sí luz, a veces incluso asombro, pero a menudo también
el olor a quemado y el silencio.
Otras personas son como fósforos.
No nacen para permanecer encendidas mucho tiempo, sino para propagar el fuego. Entran en nuestras vidas para encender algo:
un coraje olvidado, una conciencia, una elección, una herida que finalmente necesitaba ser revelada. No siempre perduran. Algunos encuentros tienen la tarea de encender un fuego interior, no de habitar la misma habitación para siempre.
Y luego están las velas.
Esas raras presencias que no hacen ruido, pero perduran. Se consumen lentamente para iluminar a los demás. No brillan con violencia: habitan el tiempo. Permanecen encendidas durante largas noches, durante el dolor, durante la espera, en las habitaciones interiores a las que nadie quiere entrar. Las reconoces porque no intentan deslumbrar; solo intentan no dejarte en la oscuridad.
Nosotros también, a lo largo de la vida, a veces nos convertimos en cerillas, a veces en fósforos, a veces en velas.
Hay épocas en las que ardemos demasiado rápido por miedo al vacío.
Otras en las que alguien nos ilumina obligándonos a ver lo que estábamos evitando.
Y otras en las que comprendemos que la verdadera luz no es la que explota, sino la que acompaña.
Porque el fuego se presenta de muchas formas.
Está el fuego que destruye.
El fuego que seduce.
El fuego que devora.
Pero también está el fuego que protege, que guía, que mantiene viva la esperanza cuando todo parece extinguido.
Quizás el significado profundo de los encuentros humanos sea precisamente este: comprender qué llama aportamos a la vida de los demás.
Si somos simplemente un destello destinado a apagarse. Si somos un pasaje que enciende. O si finalmente nos hemos convertido en una luz capaz de perdurar.
—Carlo D’Angelo

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