Santo Sepulcro, en Jerusalén.


En la fachada de la Iglesia del Santo Sepulcro, en Jerusalén, hay una escalera de madera. No está allí por utilidad. No es decorativa. Y sin embargo, no se ha movido en siglos.

Está inmóvil por una razón profundamente humana: el desacuerdo.
El Santo Sepulcro es uno de los lugares más sagrados del cristianismo, construido en el sitio donde —según la tradición— fue crucificado y sepultado Jesús. Pero su santidad no ha traído paz. Seis comunidades cristianas —católicos, ortodoxos griegos, armenios, sirios, coptos y etíopes— comparten su custodia en un frágil equilibrio.
Un antiguo acuerdo dicta que nada puede moverse o modificarse sin el consentimiento unánime de todas ellas. Ni un cuadro. Ni un banco. Ni una escalera.
Así, aquella escalera de madera, colocada hace siglos en una cornisa, quedó atrapada en el tiempo. En 2002, un monje copto intentó moverla apenas unos centímetros. El resultado fue una pelea a golpes entre clérigos, con ambulancias y policías en el lugar más sagrado de Jerusalén.
Hoy, la escalera sigue ahí. Inamovible. Silenciosa. Un símbolo de todo lo que la fe puede unir… y también de lo que el orgullo humano se empeña en dividir.
Una lección inmóvil, colgada entre el cielo y la piedra.
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