Moñas de jazmines.
Antonio, qepd, y sus moñas de jazmines
La moña de jazmines recién cogida del patio tiene más eficacia contra los mosquitos que cualquier repelente anunciado en televisión. Y además huele a gloria bendita, que es una ventaja que los insecticidas todavía no han conseguido igualar. El jazmín no mata al mosquito: lo convence de que se vaya. Y lo hace con educación sevillana.
Por eso daba gusto encontrarse por las calles a Antonio y a otros vendedores de moñas, personajes que parecían haberse quedado guardados en un cajón de estampas antiguas junto a los afiladores, los recoveros y los vendedores de altramuces. De pronto, una noche de verano, entre el calor pegajoso de junio y el eco de una fuente en una plaza, vuelve a escucharse aquel pregón que parecía perdido en la memoria de la ciudad.
Porque el jazmín ha regresado. O mejor dicho: nunca se fue del todo. Estaba esperando.
Durante años desaparecieron aquellas moñas blancas que perfumaban las noches sevillanas. Las flores seguían brotando en los patios, trepando por las tapias y asomándose a las cancelas, pero ya nadie las llevaba en un canasto por las calles. El progreso, que tiene muchas virtudes pero también algunos olvidos, fue arrinconando estos pequeños oficios de supervivencia que formaban parte del paisaje humano de Sevilla.
Cuando llegaron los años del desarrollismo, muchos trabajos humildes quedaron convertidos en recuerdos. Se fueron los recogedores de espárragos, los vendedores ambulantes de temporada, los que ofrecían higos chumbos recién pelados o caracoles en su punto. Y con ellos se fueron también las moñas de jazmín.
Ahora, sin embargo, han vuelto.
Y no han regresado por capricho de los nostálgicos ni por iniciativa de ninguna campaña turística. Han vuelto porque la necesidad tiene una memoria prodigiosa. Cuando aprieta la economía, reaparecen oficios que parecían extinguidos. Como si la ciudad, en los momentos difíciles, rebuscara en los viejos cajones de su historia para encontrar recursos olvidados.
«Esto ha sido por el paro», decía con sinceridad un sociólogo sevillano. Y probablemente tenga razón. Pero la explicación económica no alcanza a describir toda la emoción de la escena.
Porque ver a un vendedor de moñas es contemplar un pequeño rito artesanal. Nada ha cambiado. Las flores se siguen ensartando una a una sobre las horquillas perforadas con alicates. Los cartoncillos siguen siendo diminutos. Las manos continúan trabajando con la misma paciencia que hace medio siglo. Y el resultado sigue siendo esa humilde joya efímera que dura una noche y deja un recuerdo para siempre.
Tampoco ha cambiado el pregón. Ese canto suave, casi susurrado, que avanza por las calles cuando cae la tarde y que tantas abuelas sevillanas podrían reconocer con los ojos cerrados.
Las moñas se venden hoy por uno, dos o tres euros, según el lugar, la hora y la generosidad del comprador. Es un precio pequeño para tanta memoria. Porque quien compra una moña no adquiere solamente unas flores. Compra un aroma de patio encalado, una noche de veladores, una conversación a la fresca y una Sevilla que parecía perdida.
Y así, mientras las modas vienen y van y la ciudad cambia de traje cada década, el jazmín sigue cumpliendo su vieja misión. Perfumar el verano y recordarnos que algunas cosas, por mucho tiempo que pase, nunca dejan de ser Sevilla.
De Sevillanía. FB

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