Cartas a mi nieto. Humo.
¡Hola mi niño!
Hoy quiero contarte una pequeña historia de cuando el iaio era un niño. Aquel tiempo era muy diferente a ahora y más en España, donde vivíamos en una dictadura nacional católica, y aunque no sé cómo será el mundo cuando tu seas un hombrecito, espero que sea más democrático y justo que ahora.
Entonces era el pan nuestro de cada día que los niños pobres tuviéramos que trabajar para ayudar a la economía familiar. Yo tenía ocho años cuando tuve que trabajar un verano en el campo. El primer trabajo que hice fue recoger las algarrobas del suelo que dos hombres bateaban de los árboles. Era un trabajo pesado, como casi todos los trabajos del campo, puesto que te pasabas todo el tiempo agachado y con los dedos de las manos desollados por el roce de las piedras de aquel terreno de secano.
Luego, después de comerme el bocadillo que me había preparado mi iaia, el tío Roco, el dueño del terreno, me lío un cigarrillo para que me lo fumara, y así reírse un rato cuando me entro el humo en la garganta y los pulmones y que casi tiré las tripas de la tos que me entró. “Fumar es de hombres”, me decía aquel hombretón, mientras se reía a carcajadas, Dawin.
Sí, mi querido Dawin, en aquel tiempo habían “cosas de hombres” y “cosas de mujeres”, como fregar, coser o lavar la ropa. Lo malo es que mi mamá también lo pensaba. Y no diré yo que aquello me empujo a fumar como un carretero, que eso lo aprendí solito, como solito aprendí a agenciarme las pesetas que precisaba del bolsillo de mi madre o mi iaia, o de dónde tuviera ocasión, para obedecer aquello del “fumar es cosa de hombres”. Y así tu iaio se fue convirtiendo en un fumador empedernido al que además de gastar un dineral para mis tres paquetes diarios, que no me hicieron más hombre, pero si al que le han extirpado parte del pulmón.
Te voy a contar algo de tu papá, mi querido nieto. Tu papá jamás tocó un cigarrillo, odiaba y odia el tabaco. Tu iaia y yo jamás le prohibimos nada, excepto a jugar con pistolas u otras armas de juguete. A pesar de ello tenía un cartel en la puerta de su cuarto que decía: „Rauchfreie Zone“, (zona libre de humos), ¿y sabes qué?, ni tu iaia ni yo encendimos jamás un cigarrillo en el cuarto de tu padre.
A tu iaio no le ha gustado jamás prohibir nada a nadie, pero si volviese a nacer me prohibiría a mí mismo encender un cigarrillo, ni, aunque fuese “cosa de hombres”
Un millón de besos.
Vicente Ballester Gil.
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