¡Pésame bien!.


¡Pésame bien!

Por las mañanas llegábamos con dos reales, con su agujero en el centro, como si fueran pequeños soles usados, y pedíamos una onza de chocolate Nieto —el de leche y dulce — o dos de chocolate Josefillo, negro y con una pizca de amargura. Lo metíamos entre el pan que llevábamos de casa y con eso tirábamos hasta la escuela, donde nos daban leche americana que sabía a rayos. Entonces no siempre se podía comprar la tableta entera: el lujo venía por onzas, y sólo en ocasiones extraordinarias caía «La Campana» de Elgorriaga, con almendras y cromos, que entonces llamábamos estampas; aquellas estampas brillaban más que el propio chocolate, como si trajeran pegado un trocito de un mundo desconocido.

Por la noche, cuando no había nada para cenar, se obraba el pequeño milagro de los ultramarinos.

—Paco, toma diez reales y que te ponga Olegario una libra de sardinas en escabeche y cuatro de tomate de bote… Que te lo pese bien pesado. Fíjate que llegue a la raya…

Y Paco se iba con su moneda de medio duro y un bote de cristal a la tienda de Olegario o de la Isidora, y regresaba oliendo a escabeche como si llevase una bendición en las manos. A veces, si la compra era en tienda de Pablo y de la Isidora y era verano, volvía además con un polo casero de frutas en la mano, frío y humilde como un trozo de nieve con sabor.

A aquellas tiendas se las llamaba ultramarinos, y el nombre les venía grande y exacto a la vez: en cuatro metros cuadrados cabía medio mundo. Allí lo mismo te vendían carburo, calzones o la tela para coserlos, sostenes, bragas, camisetas o abarcas, petróleo para los hornillos, palas, picos o azadas, las sogas por metros. Los garbanzos, las lentejas y las habichuelas se despachaban a peso por libras; las manzanas y las peras, por kilos, como si el sistema métrico aún estuviese decidiendo con quién casarse.

La tienda, con tantos productos en tan poco espacio, parecía a punto de ahogarse en sí misma. Olía a café recién molido —porque se molía en el acto, si podías pagarlo—, aunque en la mayoría de las casas se tostaba cebada y se hacía pasar por café. Pero el café de verdad, el que molía el tendero, era otro cantar: el olor se enredaba en los sacos, subía a las estanterías y se quedaba flotando bajo el techo, como una nube baja que te seguía hasta la puerta.

No era sólo ese olor ni el crujido de las cajas de madera: era algo más, un murmullo. Parecía que cada frasco, cada lata, guardaba una conversación a medio decir. Allí te enterabas de que Clarita se había quedado preñada del novio y que, como no se diesen prisa en casarse, el guacho no iba a ser ni siquiera sietemesino. El tendero, con sus manos curtidas, no despachaba productos: entregaba ilusiones envueltas en papel de estraza, que siempre pesaba un poco más, como si el papel añadiera consuelo. Al dar el cambio, las monedas sonaban como campanillas que despertaban la memoria; y si no podías pagarlo, lo apuntaba en una libreta de pendientes donde las deudas parecían dormidas pero atentas.

Las balanzas, pacientes, se inclinaban no sólo por el peso del arroz, sino por la historia que cada cliente traía consigo. A veces, cuando el tendero sonreía, el aire se llenaba de una luz distinta, como si el sol se colase por las rendijas sólo para escuchar la conversación. Y, si por el contrario decía:

—Anastasio, que la cuenta crece más de la cuenta, a ver si se te va a poner cuesta arriba y no la vas a subir…

El aludido juraba hasta por su santa madre, que Dios la tuviera en su gloria, que antes de final de mes le pagaría y le traería un par de docenas de huevos, por los intereses y por la vergüenza.

Al cruzar el umbral, el tiempo se detenía un instante: los relojes callaban y hasta las sombras se quedaban quietas, temiendo romper la magia o la tragedia de los bolsillos vacíos. Sólo cuando la puerta se cerraba, con aquel tintineo de campanilla cansada, el mundo volvía a andar, como si alguien volviese a darle cuerda al pueblo entero.

©Paco Arenas FB




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