La leche (la mala) que nos dieron a los niños españoles.

 

De todos mis hermanos, fui el primero que tomó leche. Que ya es decir. No por mérito propio, sino porque me tocó nacer a destiempo. Cuando ya nadie esperaba nada, ¡zas!, llegué yo. Una anomalía de la naturaleza. Mi madre, que no creía en los milagros, repetía que después de siete hijos y casi once años de silencio, lo mío no fue bendición, sino un despiste. Una especie de epílogo colado a última hora en un cuento que ya estaba cerrado.


En casa teníamos una cabra. Solo una. Por las mañanas mi madre la soltaba a la dula, y de ahí salía la leche del chiquillo. Yo era un alfeñique de manual, de esos que comen poco y necesitan meterse piedras en los bolsillos rotos para que no se los lleve el viento. A mí cualquier aporte nutricional que no saliera corriendo de mí me venía como caído del cielo. Y la leche de cabra me gustaba. Mi madre la hervía con una atención casi religiosa, (ella que era atea), y se sorprendía de que me encantara la nata. Le echaba un poco de azúcar y yo me la comía como si fuese un trozo de cielo y no una película grasa flotando en la superficie de un líquido animal.

Pero la cabra, como todos los héroes trágicos, murió sin previo aviso. Un buen día amaneció más dormida de la cuenta en el corral y ya no despertó. Como en la canción: «La cabra, la cabra, la p…ta de la cabra…».

Entonces, como yo seguía igual de melindres, pasamos a la leche de la vaquería del «Chafao». Medio litro cada dos días. Racionado, como todas las cosas buenas que escasean. También la hervíamos, porque la pasteurización nos sonaba a nombre de obispo extranjero, y con esos hábitos lácteos fui tirando hasta que empecé a ir a la escuela.

Ahí se torció todo. En la escuela nos daban lo que llamaban «leche americana», que debía de llevar toda la mala leche de Trump, Kissinger y de toda la cuadrilla de mala gente que ha mandado y manda por aquellos lares. Ya el nombre prometía guerra. No venía en botellas, ni en bolsas, ni de vacas reconocibles. Venía en polvo. Polvo blanco, cremoso, fino, sospechoso como la escayola. Se disolvía en agua como la cal viva, pero sin la blancura del enjalbegado.

El rito de preparación era un espectáculo. Se echaba agua caliente en una olla gigantesca de cinc, se añadían los polvos y se removía todo con una estaca de madera que lo mismo podía ser la tranca de una puerta que el astil de un azadón. Un palo todoterreno: por la mañana servía para batir la leche y, por la tarde, para espantar al gato. El barreño de cinc ya daba pistas del siglo en el que estábamos atrapados. Según el día o quien la moviese la mezcla resultante tenía una textura que oscilaba entre engrudo con muchos grumos sopa de extraños sabor, que se disfrazaba, el que lo llevaba con Colacao y algunos con azúcar. Pero caliente, en invierno, entraba bien… o eso nos repetían.

Cada uno llevaba su tazón de plástico desde casa, como si fuéramos peregrinos de un desayuno al revés. Aquello era obligatorio, por supuesto. Como si la desnutrición se pudiera espantar a fuerza de cucharadas.

Y el sabor… bueno. Digamos que no seguía normas. Había días en que sabía dulce, y estaba muy buena, incluso con un remoto regusto a vainilla; otros días era amarga como la hiel; y otros, directamente, evocaban el perfume de una cuadra mal ventilada. Algunos decían que era leche de búfala, porque no se parecía ni a la de vaca, ni a la de cabra, ni a la de oveja, ni a nada que hubiese pastado en nuestros campos. Lo cierto es que muchos, al tomarla, devolvían todo lo comido desde la semana anterior.

A mí, pese a todo, me gustaba, con sus distintos sabores y aromas. Supongo que mi estómago, curtido por la cabra y la vaquería del «Chafao», se había vuelto tolerante a todas las leches. Hasta que un día varios vomitaron a la vez y otros nos pasamos la tarde corriendo al corral. Teníamos aburridas a las gallinas ante semejante banquete, víctimas de una diarrea épica. A partir de entonces, ya no era solo que no nos entusiasmara el brebaje: empezamos a negarnos directamente a tomarlo.

Fue entonces cuando, en un gesto de clemencia divina o de logística internacional, la leche en polvo fue sustituida por botellines de cuarto de litro, creo que de la marca Cervera. Dicen que también repartían queso de bola; yo, si lo hubo, no lo recuerdo, quizá se deshizo en la memoria como la nata caliente.

Y ahí sí. Eso sí era leche. Fría, embotellada, con tapón de chapa como las cervezas de los mayores. La mayoría seguía traumatizada por el polvo maldito y no quería ni verla. Pero yo, inmunizado por la leche de cabra, la del «Chafao» y el horror de la cal en cinc, si podía, repetía. En cada botellín veía una tregua.

Con el tiempo entendí que la «mala leche» no era solo aquella americana que se removía con una estaca y se servía en tazones de plástico a las nueve de la mañana. Había otra mala leche, más fina, más peligrosa: la de quienes decidían qué comíamos, dónde vivíamos, qué callábamos. Esa podía someter voluntades, doblar espaldas y hacer que un país entero tragase sin rechistar. La leche en polvo se disolvía en agua; la otra, la de los despachos, se disolvía en nuestras vidas. Y de esa, todavía hoy, nos quedan restos en la boca.

© Paco Arenas, autor

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