El cementerio inglés, los herejes y la Málaga que terminó rindiéndose al sentido común.


El cementerio inglés, los herejes y la Málaga que terminó rindiéndose al sentido común.

Hubo un tiempo en que morirse en Málaga podía convertirse en un problema administrativo, religioso y casi diplomático. No bastaba con haber comerciado media vida en el puerto, haber sobrevivido al cólera o haber dejado media fortuna en vino y pasas malagueñas. Si uno era protestante, anglicano o simplemente extranjero no católico, la legislación de la época impedía enterrarlo en suelo consagrado. Muchos acababan sepultados discretamente en zonas apartadas de la costa, casi siempre de noche y lejos de la ciudad oficial, como si el mayor pecado hubiese sido rezar en inglés.

La situación empezó a cambiar gracias al empeño de William Mark, un diplomático británico destinado en Málaga que terminó teniendo más paciencia que varios ministros juntos. A comienzos del siglo XIX se cansó de ver cómo los súbditos ingleses eran enterrados en condiciones indignas y consiguió autorización para crear un camposanto protestante extramuros. Así nació en 1831 el Cementerio Inglés de Málaga, considerado el primer cementerio protestante de la España peninsular. Lo irónico es que aquella Málaga profundamente desconfiada con los extranjeros terminó creando uno de los rincones más hermosos y románticos de la ciudad.

Por allí pasaron comerciantes enriquecidos con el vino malagueño, marinos que jamás regresaron a Portsmouth y viajeros románticos fascinados por una ciudad donde convivía iglesias barrocas, epidemias, fondas miserables y tertulias elegantes frente al puerto. Décadas después acabarían enterrados allí Gerald Brenan y Gamel Woolsey, dos escritores profundamente ligados a Andalucía y testigos de algunos de los episodios más convulsos del siglo XX español. Al final, aquel cementerio creado casi por necesidad diplomática terminó siendo más literario que muchos ateneos.

Las anécdotas alrededor del lugar habrían hecho sonreír al propio Galdós. Durante décadas, muchos vecinos contemplaban el recinto con mezcla de curiosidad y recelo, intrigados por aquellas lápidas en idiomas extraños y por unas costumbres funerarias mucho más sobrias que el barroquismo español. Mientras tanto, en los cafés cercanos al puerto, comerciantes locales criticaban con ardor patriótico a los ingleses… antes de venderles vino, hierro o pasas con notable entusiasmo mercantil. Málaga siempre ha sabido compatibilizar las convicciones profundas con las facturas pagadas a tiempo.

La paradoja resulta magníficamente malagueña. La misma ciudad que durante años miró con desconfianza a los protestantes terminó dependiendo económicamente de muchos de aquellos extranjeros. Comerciantes británicos ayudaron a impulsar exportaciones, negocios e incluso parte de la modernización industrial de la provincia. Familias como los Larios comprendieron pronto que el futuro pasaba por abrir Málaga al comercio internacional mientras otros seguían escandalizados porque un hereje quisiera descansar frente al Mediterráneo. Como tantas veces ocurre, la economía hizo más por la tolerancia que los discursos solemnes.

Hoy el Cementerio Inglés de Málaga se visita entre buganvillas y cipreses con una tranquilidad que habría parecido imposible hace dos siglos. Muchos pasean por allí sin recordar que aquel lugar nació en medio de tensiones religiosas y prejuicios muy reales. Y resulta inevitable sonreír al comprobar que la Málaga que antaño discutía dónde enterrar a un protestante presume ahora de cosmopolitismo, turismo internacional y cartas de restaurante traducidas a tres idiomas. Málaga, en el fondo, siempre termina abrazando aquello que primero critica. A veces tarda un siglo, pero acaba haciéndolo.

Málaga a través de la Historia FB

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