Una vez caí y sentí el ardor de las heridas en mi cuerpo. Las lágrimas corrían por mis mejillas, pero pronto entendí que el dolor más profundo no nacía de la piel, sino de aquellas heridas invisibles del alma que había guardado en silencio. Eran los ecos de todo lo callado encontrando cauce… lo que no dije para no incomodar, lo que oculté para evitar la discordia, lo que escondí creyendo que elegía La Paz. Ese día comprendí que callar no siempre es paz, a veces es un peso que se va acumulando, hasta que el cuerpo, con su caída, te obliga a escuchar lo que tu alma grita en secreto. Porque a veces la vida te derrumba no para mostrarte tu fragilidad, sino para obligarte a escuchar la fuerza de tu alma pidiendo libertad…
Web
AnA OrnY

Comentarios
Publicar un comentario