Sobre puticlubs y casas de citas o burdeles en la época franquista.
La perversidad de la moral franquista consistía en creer que los ciudadanos eran seres inferiores a los protectores de la moral cristiana, apostólica y romana; aunque, curiosamente, nunca hubo tantos prostíbulos en España como durante la dictadura. Los había de dos tipos: los que estaban en cualquier esquina, los «puticlubs», y las llamadas «casas de citas» o burdeles. Porque los hombres tenían que desahogarse, pero siempre fuera de casa, en lugares donde las prácticas que exigían a las prostitutas jamás debían rozar la pureza de una mujer «decente» o como «Dios manda» o a esa novia que debía llegar virgen al matrimonio como Santa María, sin palomo que la arrullase.
Eso sí, esos maridos o novios luego llevaban de vuelta al hogar las consecuencias, esas «purgaciones» silenciosas (de las que tanto se hablaba entonces) que también sufrían sus esposas, convertidas en víctimas colaterales de una moral que las excluía incluso del pecado, pero no de su penitencia.
A los «puticlubs» acudían los que sobrevivían con un jornal de miseria. A las casas de citas, en cambio, iban concejales, alcaldes, procuradores en Cortes, curas y obispos: hombres respetables, pilares del orden público y de la moral, que encontraban en los reservados de esos salones discretos una libertad que negaban con fervor en la plaza y en el púlpito.
Más arriba en la jerarquía, el silencio era aún más espeso. Allí donde el poder dejaba de disimular, las normas no se rompían: simplemente dejaban de aplicarse. Niñas convertidas en espectáculo, cuerpos jóvenes expuestos como si fueran un privilegio más del cargo, mientras el régimen seguía hablando de virtud, sacrificio y decencia, la isla de Epstein, se reproducía por miles en palacios y monterías, porque a las monterías, aparte de algún mancebo, llevaban también niñas, a ser posible virgenes, para obsequiar al hp de turno.
Y así, entre sermones y reservados, se sostenía una de las mayores ficciones de la época: una moral cristiana pública e inflexible construida sobre una práctica privada que la desmentía cada noche.
©Paco Arenas
La foto, está tomada en el barrio del Carmen de Valencia, entonces barrio chino, sin que hubiese chinos en España, uno de las zonas donde más prostíbulos había. Lo cual no quiere decir que en los barrios no hubiese. Las casas de citas, se daban en lugares tan emblemáticos como el barrio de Salamanca de Madrid o el de Cánovas en Valencia.

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