
Nunca había creído en la compañía que proporcionaban los perros, ni en su fidelidad. Pero llevaba ya dos años solo y había fracasado en todos sus intentos de encontrar a alguien no ya con quien vivir, sino con quien verse los sábados o los domingos para no olvidar su propio idioma. Cuando su mujer, al poco de que se marcharan los hijos, se fue también de casa, él se hundió en la tristeza, pero luego pensó que la vida le daba otra oportunidad. Después de todo, no era tan mayor, así que fantaseó con la idea de tener nuevas relaciones, quizá de volver a emparejarse, de ir al cine, de hacer el amor (él lo llamaba así, «hacer el amor») y de ver la tele con alguien a su lado. Pero la realidad había demostrado que en el ámbito de las relaciones sociales era un incompetente. Así las cosas, cada día estaría más solo, hablaría menos, saldría menos, sonreiría menos. Envejecería solo, enfermaría solo, se moriría solo, en el sofá, quizá con la televisión encendida, como una mujer de su barrio cuyo caso había salido en los diarios.
Entonces empezó a pensar en lo del perro. Tal vez resultara más fácil la comunicación con un animal que con un ser humano. Llevaba varios meses observando a una mujer que al caer la tarde pasaba por debajo de su ventana dándole conversación a un mastín que parecía entenderla, pues de vez en cuando levantaba la cabeza y ladraba como en señal de asentimiento. Al principio la había observado con lástima, como si se tratara de una pobre loca, pero a medida que pasaban las semanas le fue pareciendo más verosímil la posibilidad de que entre ella y el animal hubiera algún tipo de comunicación. Un día salió a la calle cuando la mujer pasaba por debajo de su ventana y acarició la cabeza del perro al tiempo que decía algo agradable sobre él. Luego comentó que estaba dándole vueltas la idea de comprarse un perro para que le hiciera compañía. Añadió que tenía un piso de tamaño medio y quería saber qué raza le convenía. La mujer le respondió con desdén que los perros no se elegían.
—¿Tiene usted hijos? —añadió.
—Dos —respondió él—, ya mayores.
—¿Acaso los eligió?
—Bueno, no.
—Pues los perros es lo mismo.
El hombre balbuceó unas disculpas y continuó andando.
Durante los días siguientes recorrió algunas tiendas de animales donde los perros le ladraban y le movían la cola desde sus jaulas. Eran cachorros y transmitían esa energía especial con la que tarde o temprano acaba la experiencia. Se los habría llevado a todos y por eso mismo era incapaz de decidirse por ninguno. Además, cuando ya estaba a punto de dar el paso, pensaba en las vacunas, en las enfermedades, en la obligación de sacarlo a pasear por la mañana y por la tarde, de prepararle la comida, de asearlo (él mismo pasaba días enteros sin bañarse)… Pero algo, en su interior, le decía que se trataba precisamente de eso, de trabajar para alguien a cambio de un poco de afecto.
Pasaron varios meses, y un día, al regresar de la compra cargado de bolsas, se cruzó con un perro de raza y edad indefinidas, un cuzco de pelo corto y patas largas. Se detuvo a observarlo, pues parecía que estaba solo, y en un momento dado el perro volvió la cabeza y dirigió una mirada cargada de sentido al hombre, que continuó andando presa de una turbación excitante. El animal lo siguió. El hombre sentía su presencia detrás de sí. «En seguida», se dijo, «se dará la vuelta y tomará otra dirección». Pero cada vez que miraba de reojo, la sombra del cuzco continuaba pegada a la suya, como si ya entre las sombras hubieran llegado a un acuerdo. La mitad de él rezaba para que desapareciera antes de llegar al portal, mientras que la otra mitad rogaba que no le abandonara. Se dio cuenta de que había pensado en el perro en los términos de un animal abandonado, cuando el abandonado era él. Llevaba meses recorriendo las calles, los bares, los cines, con la esperanza de ser recogido por alguien. ¿Por qué no por este perro?
Llegó al portal, entró y el animal se coló detrás de él. Abrió la puerta del ascensor y el perro se metió dentro como si llevara haciéndolo toda la vida. Una vez en casa, el hombre dejó las bolsas en el suelo, se dirigió al chucho y le dijo:
—¿Se puede saber qué quieres?
El can movió la cola y ladró. El hombre fue a la cocina, sacó una lata de comida para perros que había comprado hacía meses, para hacer frente a una emergencia de este tipo, la vació en un plato y, mientras lo veía comer, comprendió que acababa de tener un perro.
Juan José Millas – Relaciones personales.
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