La eterna pregunta de que Dios permita las guerras.
A lo largo de milenios, la humanidad ha estado marcada por los enfrentamientos bélicos. Desde los conflictos entre ciudades-estado de la antigua Mesopotamia, hasta las devastadoras guerras mundiales del siglo XX, pasando por cruzadas, yihadismos, conquistas imperiales y guerras “preventivas”, el derramamiento de sangre parece una constante histórica. Y para el creyente, esto plantea una pregunta inevitable: ¿Por qué Dios permite las guerras?
Para un pensador escéptico la pregunta es aún más radical: ¿No es la existencia misma de las guerras una poderosa evidencia de que ningún “Dios” existe? —Por lo general el creyente argumentará: “Es que la culpa es del ser humano.” Porque el creyente no puede concebir que nada malo sea atribuido a su “Dios”. Por tanto, es el ser humano el culpable de todo, por el mal uso que hace del libre albedrío que “Dios” le entregó como un don.
Sin embargo, esta defensa tropieza con un problema teológico elemental: ¿Acaso no es el ser humano una creación de “Dios”? ¿Acaso no fue diseñado “a su imagen y semejanza”? ¿Acaso no somos la “cumbre” de la creación? ¿No somos el resultado de un Diseño Inteligente y perfecto?
Si el diseño de “Dios” es perfecto, ¿por qué creó esta especie tan sistemáticamente violenta, tribal y beligerante? Como diseñador omnisciente, ¿no sabía lo que ocurriría?
Como ser omnipotente, ¿no podía evitarlo? —El creyente suele responder que “Dios” respeta el libre albedrío, pero entonces surge otra incoherencia: ¿Por qué “Dios” respeta el libre albedrío del agresor y no el de la víctima? ¿Por qué protege la libertad del invasor pero no la del niño que muere bajo una bomba? Es obvio que la apelación al libre albedrío no resuelve el problema: simplemente lo desplaza.
¿Qué razonamientos nos aportan los antropólogos e historiadores? —Resulta que la explicación moderna sobre el origen de la guerra, no recurre a entidades sobrenaturales. Antropólogos e historiadores la describen como consecuencia de diversos factores, como:
- Competencia por recursos (tierra, agua, ganado).
- Aumento demográfico y presión territorial.
- Formación de jerarquías políticas y élites que consolidan poder.
- Construcción de identidades tribales o nacionales.
- Desarrollo tecnológico que facilita la violencia organizada.
Es decir, la guerra no surge porque una fuerza cósmica lo disponga, sino porque la evolución biológica y cultural produjo una especie capaz de cooperación interna y hostilidad externa. Y desde esta perspectiva, la violencia organizada es un fenómeno histórico, social y biológico. No es el producto de un “plan divino”, sino de procesos evolutivos y estructuras de poder humanas.
Pero surge entones una deducción incómoda: Si la guerra tiene causas naturales comprensibles, no necesitamos a “Dios” para explicarla. Sin embargo, como algo chocante, muchas guerras históricas han sido más bien explícitamente religiosas, resultado de una mezcla de fe con intereses políticos. Esto ocurrió con las Cruzadas, las guerras de religión en Europa, los conflictos sectarios en Medio Oriente, y las conquistas bélicas justificadas como “voluntad divina”. Es decir, que en muchas ocasiones la religión ha servido como legitimación moral del conflicto, como instrumento de cohesión, y como herramienta de movilización masiva. Y en esos casos, si hemos de pensar que “Dios” existe, no sólo no ha impedido las batallas hechas en su nombre, sino que ha permitido que su supuesta autoridad sea utilizada para justificar masacres.
Pero más inquietante aún es que, según el retrato bíblico, “Dios” no es ningún pacifista. El mismo “texto sagrado” lo describe como un “varón de guerra” (Éxodo 15:3, Zacarías 13:7, Zacarías 14:21, Isaías 9:7), como un “Dios de los ejércitos” (Zacarías 13:7, Zacarías 14:21, Isaías 9:7), representándolo como un ser que ordena la conquista y exterminio de pueblos vecinos, incluyendo a “hombres y mujeres, jóvenes y viejos, hasta los bueyes, las ovejas, y los asnos” (Deuteronomio 7:14-16, Josué 6:21, Sofonías 1:11, Zacarías 14:21). E incluso él mismo participa en exterminios (Éxodo 14:14, Éxodo 14:25, Éxodo 32:35, Éxodo 34:11, Números 21:14, Deuteronomio 20:1, Deuteronomio 20:4, Deuteronomio 28:7). Aunque, curiosamente, las mismas escrituras afirman que es un “Dios” de orden y de paz (1 Corintios 14:33, Romanos 15:33).
Además, el propio Jesús, en los evangelios, declara que no vino a traer paz al mundo, sino espada (Mateo 10:34). Y es evidente que la Biblia menciona “espadas” o “lanzas”, simplemente porque los eventos descritos ocurren en las Edades del Bronce o del Hierro. Por eso no aparecen fusiles, misiles ni drones, ya que los redactores del texto no los conocían.
Si “Dios” fuera una realidad trascendente y moralmente perfecta, cabría esperar de él una condena inequívoca y universal de la guerra. Sin embargo, encontramos en cambio textos que la celebran cuando conviene al “pueblo elegido”.
Pero volvamos a nuestra pregunta inicial: ¿Por qué “Dios” permite las guerras? —Tratemos de ensayar algunas respuestas:
a) Porque forman parte de sus “planes misteriosos”.
b) Porque “Dios” respeta el libre albedrío de los agresores.
c) Porque no le importa el sufrimiento humano.
d) Porque es, según sus propios textos, un dios “de guerra”.
e) Porque simplemente no existe.
Y como podemos observar, las primeras opciones requieren suposiciones indemostrables y teológicamente contradictorias. La última, en cambio, es sencilla. Es entonces cuando “la navaja de Ockham” acude a nuestro auxilio: el principio de parsimonia, formulado en la Edad Media por Guillermo de Ockham, sostiene que, en igualdad de condiciones, la explicación más simple suele ser la más probable.
En este caso tenemos, pues, dos hipótesis:
1. Existe un “Dios” omnipotente, omnisciente y perfectamente bueno, que permite —o promueve— guerras masivas por razones incomprensibles.
2. No existe tal “Dios”, y las guerras son producto de dinámicas evolutivas, económicas, políticas y culturales humanas.
¿Cuál introduce menos supuestos adicionales? ¿Cuál es más coherente con la evidencia histórica? —Sin duda la segunda. Por lo que podemos concluir que la historia de la guerra no demuestra que “Dios” exista. Más bien sugiere lo contrario: Si “Dios” fuera el diseñador perfecto del ser humano, sería responsable indirecto de su inclinación a la violencia. Si fuera omnipotente y moralmente perfecto, impediría las guerras. Y si hablamos del dios bíblico, ya vimos que se trata más bien de un guerrero tribal, no de un árbitro moral universal.
Así que la explicación más sencilla y racional es que “Dios” es sólo una creación humana, y que la guerra —como la religión misma— es una construcción histórica de nuestra especie. Y entonces, la pregunta queda abierta: Si “Dios” permite las guerras porque son parte de sus “planes misteriosos”, ¿no será más honesto admitir que ese misterio no es divino, sino humano?
[Godless Freeman]
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