El arcoíris de Noé.

 


El arcoíris de Noé: cuando la razón y la meteorología desmienten un “pacto divino”

Quien haya leído la Biblia, y hasta quien sólo haya escuchado sus leyendas, estará familiarizado con esa ‘poética’ y popular imagen descrita en Génesis 9:12-17: “Dios”, colocando su “arco” en las nubes, como señal de un “pacto eterno” y de “misericordia” con la humanidad y todos los seres vivos… prometiendo no volver a destruir el planeta con otro diluvio. ¡Qué lindo! ¿Verdad? ¡Qué romántico! ¡Qué “Dios” tan bondadoso! —Suena como quien después de destruir toda una ciudad con una b0mb4 atómica en un ataque de ira, promete a los pocos sobrevivientes no volver a hacerlo, colocando una bandera en el centro de las ruinas del pueblo, para que quien siga con vida se acuerde del compromiso del bondadoso y “misericordioso” gen0c1da (sólo que en este caso se trata de la población de todo el planeta).

Obviamente —y afortunadamente— es sólo un relato incoherente de algo que nunca ocurrió, pero es suficiente para que miles de millones de creyentes puedan pensar que, tratándose de “la palabra de Dios”, el arcoíris no es un simple fenómeno natural, sino más bien un símbolo de la “misericordia divina”, colocado ahí, en el cielo, como recordatorio de un “pacto de amor” con el creador. Por supuesto, visto desde la razón, y la ciencia, esto plantea no sólo serios problemas morales, sino también conceptuales, físicos y lógicos. Pero también contradicciones meteorológicas.

Y es que desde el principio el texto bíblico da a entender algo muy concreto y totalmente erróneo: que el arcoíris aparece por primera vez en el mundo hasta después del Diluvio Universal, como parte de un “nuevo comienzo”. No es presentado como un fenómeno atmosférico común y recurrente, sino como una señal especial, deliberadamente “puesta” por “Dios” en el cielo. O sea que implícitamente el texto sugiere que antes de aquel momento el fenómeno no existía. Y obviamente, para cualquier meteorólogo —o incluso para cualquier estudiante de primaria hoy— esta idea es insostenible.

En otras palabras, si aceptamos el relato bíblico tal como está escrito (dictado y aprobado por “Dios”), nos encontramos con una paradoja difícil de ignorar: el supuesto creador del universo, de la luz, del agua, de la atmósfera y de las leyes de la física, muestra un desconocimiento total de lo qué es un arcoíris. Lo describe como si fuera un objeto intencional, como “una señal” colocada a propósito en el cielo, cuando en realidad se trata de una consecuencia inevitable de la interacción entre la luz solar y las gotas de agua suspendidas en la atmósfera.

Resulta extraño además que una inteligencia omnisciente necesite “ver” el arcoíris para “acordarse” de su pacto de no volver a causar una destrucción masiva de seres vivos, como si dependiera de un recordatorio visual externo. Pero más desconcertante aún es que ese mismo “Dios” no sepa —o no explique— que el arcoíris no es ninguna señal moral, sino un fenómeno perfectamente predecible.

Actualmente por supuesto, gracias a la ciencia, sabemos que el arcoíris es un fenómeno óptico y meteorológico que ocurre cuando la luz del Sol atraviesa gotas de agua suspendidas en el aire, generalmente después de una lluvia. Sabemos que la luz solar, que a simple vista parece blanca, está compuesta por múltiples longitudes de onda. Y que al entrar en una gota de agua, se refracta (cambia de dirección), y luego se refleja en el interior de la gota, para finalmente volver a refractarse al salir. Y este proceso separa la luz en los colores del espectro visible: rojo, naranja, amarillo, verde, azul, añil y violeta.

Aunque también conviene precisar a los creyentes algo importante: el arcoíris no es un objeto físico. No está “ahí”, en el cielo, como da a entender la Biblia; como una cuerda o un arco sólido. Es solamente una ilusión óptica, cuya apariencia depende de la posición relativa del Sol, de las gotas de agua y del observador. Por eso no se puede tocar ni alcanzar, y por eso cada persona ve “su propio” arcoíris desde su ángulo particular.

Pero no sólo esto, hay otro detalle que el lenguaje bíblico —y popular— distorsiona: la forma del arcoíris. Porque en realidad no es sólo un arco, sino un círculo completo. Lo que pasa es que desde el suelo la línea del horizonte bloquea la mitad inferior del círculo, por lo que normalmente sólo vemos un arco semicircular. Sin embargo desde aviones, montañas altas o incluso desde el espacio, es posible observar el arcoíris como un círculo cerrado y completo.

Sí, así es, los arcoíris pueden verse desde el espacio, aunque no como “arcos en las nubes” en el sentido bíblico, sino como anillos de colores formados sobre superficies con gotas de agua o nubes, dependiendo del ángulo de iluminación solar. Y esto confirma una vez más que no se trata de ninguna señal colocada en un punto fijo del cielo, sino de un fenómeno visual geométrico, dependiente de condiciones específicas.

Hoy sabemos —y lo saben hasta los niños— que un arcoíris es el resultado de la descomposición de la luz solar al atravesar gotas de agua. Por tanto, sin luz solar, sin gotas de agua y sin un observador en el ángulo adecuado, simplemente no hay arcoíris. Y definitivamente allí no intervienen pactos, promesas ni voluntades sobrenaturales, sino puras leyes de la física.

Obviamente, los rústicos redactores de la Biblia no podían haber conocido estos detalles. Consideremos que el texto del Génesis fue escrito unos dos mil años antes de que Isaac Newton demostrara experimentalmente, utilizando un prisma, que la luz blanca está compuesta por un espectro de colores. Por lo que pretender que antiguos pastores nómadas del Cercano Oriente entendieran cómo funciona la óptica atmosférica, sería absurdo.

Sin embargo, aquí está el punto clave: explicar la ignorancia no equivale a justificar el error. Como ocurre con muchas mitologías antiguas, los autores bíblicos tomaron un fenómeno natural que no comprendían, y lo integraron en un relato fantástico, dotándolo de intención, moralidad y significado cósmico. Así, el arcoíris se convirtió en un símbolo teológico, no porque fuera misterioso, sino porque no era comprendido.

Pero hoy sabemos además que nunca existió un Diluvio Universal que destruyera toda la vida terrestre. A pesar de que Jesús, el mismísimo hijo de “Dios” —quien estuvo presente durante la creación del Universo (Juan 1:2-3)— se fue de esta vida creyendo que el diluvio había sido un hecho histórico (Lucas 17:27). Sin embargo la geología, la paleontología y la climatología refutan de manera contundente esa idea. Y si no hubo tal diluvio, tampoco hubo un “primer” arcoíris posterior a él. Porque en todo caso, los arcoíris existían mucho antes de Noé, mucho antes de la Biblia, y muchísimo antes de que el ser humano apareciera sobre este planeta.

Así que en conclusión podemos decir que el relato del arcoíris en el Génesis no es una revelación divina sobre la naturaleza, sobre la realidad, sino un testimonio de la limitada comprensión humana de su tiempo. Leído hoy no demuestra la sabiduría de ningún “Dios” creador del universo, sino sólo la tendencia humana de atribuir significado sobrenatural a fenómenos naturales todavía incomprensibles. La meteorología moderna, sin embargo, no sólo explica el arcoíris, lo desmitifica y lo devuelve a su lugar legítimo, como un hermoso, pero completamente natural juego de luz y agua. Y en ese proceso, deja en evidencia que los “pactos divinos” sólo pertenecen al ámbito de la mitología, no al de la ciencia, ni de la realidad.

[Godless Freeman]

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