Cuento tricuiche.
El abuelo leyó: Los tlacuaches o zarigüeyas son marsupiales que deambulan de noche, buscando frutos, huevos y pollos, que hurtan de algún gallinero.
En tono burlón, su nieto adolescente contestó:
– Eres moderno, abuelo, usas las redes, estas en “la onda”, pero… ¡Ya no me creo tus leyendas!
– Pero esas historias te encantaban cuando eras pequeño – dijo el abuelo, mientras se acomoda sus lentes – Además , “Tricuiche” no es cualquier Tlacuache, es especial; él patrulla los vecindarios para llevarse los chamacos que se portan mal: aquellos a los que sus padres ya no pueden controlar.
Tricuiche los captura, y los pone en su bolsa especial, llamado marsupio, en un santiamén. Atrapados dentro del marsupio, para no morir de hambre, estos niños se tienen que alimentar de la leche del tlacuache. Y esta leche es mágica, transforma a los malcriados niños, en bien portados.
–¡Cómo va a ser eso abuelo! – dijo Josefo – ¿Acaso mis papás te pidieron que me contaras esa estúpida historia? Eso funcionaba en tus tiempos, cuando te espantaban con “El Coco”. ¡Hoy, los niños somos súper inteligentes! Nos educamos en el internet y no creemos en ridiculeces.
El hombre, indulgente, contesta:
–No puedo creer como es que los niños de hoy son tan malcriados; en mis tiempos bastaba una mirada de mi padre para que me aplacara, de otro modo una lluvia de “chanclazos” caía sobre mi humanidad.
–“No inventes” abue, hoy chanclas y cinturones no están permitidos. Tenemos “los derechos de los niños” ¿Qué no los has escuchado?
–Pues esos tiempos eran de mucho respeto, eran de…
–Abuelo ¡Por favor! ¿Ahora que me vas a decir? ¿Qué debo temer a ese Tlacuache que corrige a los niños?...
¡Sí, tengo miedo!
¡Uy!
¡Ven por mi Tricuiche!
¡Caray, hasta tu nombre da risa!
El abuelo, molesto, mueve la cabeza, y el adolescente repite:
–¡Anda ven! ¡Tómame Tricuiche!
Ridículo Tricu…
¡ZAS!
DE REPENTE, TODO ES OSCURIDAD
–¡Abuelo! Contesta ¿Dónde estoy?
El abuelo no está, se escuchan chasquidos alrededor, y un olor dulzón envuelve el ambiente… ¿Olor a leche? – Piensa Josefo –No, no puede ser.
–¿Quién anda ahí? Si no me contestan les voy a romper…
– Ya cállate amigo – le dice una voz en la oscuridad–Así no vas a resolver nada, estarás aquí hasta que demuestres que te vas a portar bien, hasta que seas un hijo ejemplar. De otro modo no saldrás ¡Créemelo!... Mmm… Bueno, si hay otra forma de salir, pero estoy seguro que no te gustará.
–¿Dónde estamos? – Pregunta Josefo, con la voz ya quebrada, y temiendo la respuesta.
– ¡Estás en el reformatorio! ¿Dónde más? ¡En la bolsa del Tlacuache! ¡En el marsupio de Tricuiche!
Josefo no puede creerlo. Palpa su entorno, pues la oscuridad es total.
Descubre con sus manos los cuerpos adormilados de dos o tres niños más, busca sus caras con las manos, se percata que están pegados a las tetas del Tlacuache, de las que, copiosamente, emana leche.
Sus vecinos, molestos, manotean sin despegar sus bocas de las mamas, no quieren que Josefo los distraiga, están concentrados en succionar la leche de Tricuiche.
–¿Ya me crees? Le dice el chico al asustado recién llegado.
Josefo toca la cara del chico que le habla y… ¡Se horroriza!
–¿Por qué estas cubierto de pelo?
–Porque llegué aquí con tu misma actitud retadora; alguien me advirtió lo mismo que ahora te digo ¡Pero No le creí! Me burlé, y dejé que pasaran los días. Cuando por fin me animé a tomar la leche de Tricuiche, lo hice por hambre, pero el daño estaba ya hecho ¡Ya era yo una bola de pelos!
–Déjame comprender – dijo Josefo – ¿Llegaste aquí como niño? ¿Y ahora eres un …?
– ¡Exacto! Y si eres listo, no repetirás mi error. Yo pronto abandonaré el marsupio, convertido en un Tlacuache, es cuestión de días.
– ¡Calla ahora tú! – Le grita Josefo lanzando un chillido.
Entre sus piernas escurre un chorro de tibia orina, le tiemblan las piernas al pobre Josefo. Y a tientas busca una teta disponible, y se pega a ella.
Ya amanece. Josefo despierta en su cama. Su abuelo ronca junto a él.
– Abuelo despierta ¡Tuve un sueño horrible! ¡Una pesadilla! Soñé que…
– Lo sé Josefo, a mi también me visitó Tricuiche cuando era niño.
Y el abuelo pone el dedo índice sobre su boca, en señal de que calle, se levanta y sale de la habitación.
En el quicio de la ventana, por fuera de la casa, un Tlacuache juvenil mira la escena conmovido, al menos pudo salvar a ese niño.
FIN.
Cuento TRICUICHE
Escrito por su servidor Alejandro Rivera ( #Ticuriche )

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