Idilio Imposible II
Si el libro nuevo huele a promesa, el libro viejo huele a recuerdo. Es un aroma que te dice que el autor acaba de comenzar a hablar y que ahora te toca a ti escuchar. El olor a libro es un aroma limpio, seco y vegetal, como un arbol que ha sido convertido en geometría pura ︎.
Mis ojos, estos ojos que ya pesan, que cargan con el cansancio de los días y el conteo de las horas, se hunden en el cauce de la página y reconozco a su vez que necesito un nuevo par de gafas. Busco el consuelo de una historia ajena para silenciar la mía propia.
Leer es un romance peligroso, sabes.
Es enamorarse de un fantasma que solo existe mientras mantengo los párpados abiertos y la mente consciente; es tomarte de la mano junto a la imaginación y la expectativa… y es que, seré realista, yo también he deseado un amor bonito, como en algunos de los libros que he leído, casi igual que en las comedias románticas del cine .
Soy realista, si deseo cosas, deseo una hermosa vida y un amor bonito.
Ahora reflexiono. Hay una tosquedad gratificante en el paso de la hoja. El tacto del papel áspero contra la yema de los dedos se siente como acariciar el dorso de una mano ya envejecida un roce suave, una resistencia mínima de la fibra y el peso casi inexistente de una historia que cede ante mis dedos.
Y al llegar al final, cuando el libro se cierra, queda una náusea de nostalgia. Una emoción tan simple como lo es la tristeza y la más complicada el alivio de haber sobrevivido al naufragio de la lectura, un conjunto de emociones que me definen como persona, siempre cayendo en la contradicción .
El libro se queda ahí, exhalando su perfume detenido en el tiempo, mientras yo me quedo aquí sobre la cama, con la mirada agotada, agradeciendo que, entre tanta realidad, todavía existe el refugio de polvo, tinta impresa y tapa dura .
Ahora dejaré que este libro envejezca, quizás sea yo quien termine viéndose más como el otoño primeramente. Y es que cuando el libro es viejo, el olor se vuelve una presencia física, un peso en el aire que recuerda a las alcobas cerradas de la hacienda “El Paraíso”. Es un aroma de azucenas que se pudren despacio, como el romance de María, donde el amor no es un puerto, sino una despedida constante envuelta en papel de seda .
Quisiera ser yo como un libro y poder resistir incluso el más duro de los tiempos, mirarme al espejo y verme de sepia, pero eso es un idilio imposible, la carne no es tan firme y la sangre no siempre estará fresca .
— Seguen Øríah
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