Son fáciles de reconocer.
Son fáciles de reconocer.
No levantan la voz, pero saben exactamente lo que están diciendo.
No explican todo, porque saben
que no todo necesita ser explicado.
Y, sobre todo, no tienen prisa
por tener razón.
Las personas que leen han aprendido algo peligroso desde el principio:
Que el mundo es más grande
que su opinión al respecto.
Han hablado con los griegos,
han discutido con los rusos,
bebido vino malo con los franceses
y han salido de todo más tranquilas.
No porque no tengan nada que decir, sino porque saben cuándo decirlo.
Las has reconocido: tienen un vocabulario, un sentido de la ironía
y una debilidad sospechosa
por las librerías pequeñas.
Son más raras de lo que parecen.
Y mucho más interesantes de lo que presumen.
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