CUANDO UNA HERMANA MUERE…



No solo se va una persona.
Se va una parte de tu infancia.
Se va tu cómplice de travesuras, la que te cubría cuando llegaban los regaños, la que se sentaba contigo a compartir el silencio cuando no había palabras.
Se va quien conocía tu risa desde que era torpe, tu llanto desde que apenas sabías hablar, tus secretos antes de que aprendieras a esconderlos bien.
Cuando una hermana muere, no importa cuántos años tengas… te sientes de nuevo niño.
Te invade esa misma impotencia de cuando la vida te quitaba algo y no sabías cómo recuperarlo.
Y por más que la mente entienda la muerte, el corazón se resiste.
Porque cómo se acepta que ya no vas a recibir un mensaje suyo, una broma interna, una llamada de “nomás pa’ platicar”.
Cómo se suelta a quien era parte de tus recuerdos más antiguos,
a quien creció contigo entre risas y heridas,
a quien estuvo ahí antes de que la vida se pusiera tan difícil.
Porque una hermana no solo es hermana.
Es madre por ratos, amiga por temporadas, enemiga por segundos… y siempre, siempre, familia del alma.
Cuando una hermana muere, no solo la lloras por lo que fue…
la lloras por todo lo que ya no será.
Por lo que quedó pendiente.
Por las conversaciones que no se dieron.
Por los abrazos que dabas por hechos y hoy darías lo que fuera por uno más.
Y no importa si pasaron años con distancia o silencios.
Porque el amor entre hermanos siempre encuentra forma de seguir latiendo.
Así que si tu hermana vive: búscala.
Dile que la quieres aunque a veces te saque de quicio.
Dile que la extrañas aunque no lo parezca.
No esperes que sea tarde.
Y si ya no está…
Háblale en tus pensamientos.
Recuerda su risa, su forma de caminar, su manera de verte.
Porque mientras la recuerdes con amor…
una parte de ella seguirá viva en ti

Comentarios