¡Ay, esa España añorada!



Qué divertida era. Sobre todo, para las mujeres.

Las mujeres eran «de su casa y con la pata quebrada», sin más afán que el de no tener afán. ¿Para qué trabajar fuera, si eran mantenidas y el marido ganaba el jornal? Bastante tenían con cuidar del marido y de los hijos, como Dios y el cura mandaban. Todo en su sitio; las paredes lo sabían y, por si acaso, escuchaban.

El hombre, por supuesto, traía el pan… y todos vivían; salvo quienes se morían de hambre, daños colaterales sin mayor importancia. Manías de pobres que se quejaban por vicio, o de inútiles que solo servían para trabajar. De robar ya se encargaban otros, con guantes blancos y absolución dominical.

Las tierras, cuando se tenían, daban fruto. Hasta los secarrales florecían con algo de suerte y mucha fe en la Virgen y en todos los santos; porque cantar, ya se sabe, no daba de comer. Al fin y al cabo, cuando el español canta es porque está jodido —o poco le falta—, y de jodidos el campo iba bien servido. (Las campanas, discretas, bostezaban en latín.)

Y si no había mulas, bueyes o burros para el arado, tiraban ellas del yugo, total, «no trabajaban». Sus riñones se deshacían entre la siega, la vendimia y la aceituna, quizá porque él estaba en la cárcel. No por robar ni por matar: por algo mucho más peligroso, pensar. (Los barrotes comprendían mejor que nadie el sentido de la prudencia.)

La mujer decente, eso sí, en su casa y con la pata quebrada, aunque fuese joven y en edad de merecer. Que el buen paño, en el arca, se vende sin pregón ni aire. Y si el arca se cerraba, mejor: así no entraba el escándalo… ni salía la vida.

Pero siempre había tiempo para el rosario de la tarde: las cuentas se desgranaban solas si hacía falta. Y los domingos y fiestas de guardar, a misa; la cuestión era arrodillarse y no protestar. La taberna, ese templo paralelo al que se llega cojeando pero se vuelve cantando, era para ellos: para eso aportaban el sueldo… cuando no lo dejaban allí, en forma de vino converso.

¡Ay, España! Qué corta es tu memoria, y cómo pesan aún las cadenas de ayer —esas que algunos han empezado a lustrar—, no sea que el pasado se nos oxide y deje de apretar.
Paco Arenas

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