Vieja fábula.

Hay una vieja fábula, incómoda para quienes prefieren los eslóganes a las ideas, que cuenta cómo no se domina a nadie por la fuerza, sino por la costumbre.



Unos cerdos salvajes descubren maíz gratuito.
Comen. Se van.
Vuelven.
Comen otra vez.

Nada parece sospechoso.

Con el tiempo, mientras el maíz sigue apareciendo puntualmente, alguien empieza a colocar una estaca aquí, otra allá. Luego un tramo de cerca. Después otro. Los cerdos no protestan. No piensan. El maíz sigue ahí.

Hasta que un día la cerca está completa y lo último que se coloca es la puerta.

Los cerdos entran como siempre.
Comen como siempre.
Y ya no pueden salir.

El problema nunca fue el maíz.
El problema fue la renuncia progresiva a la autonomía, camuflada de tranquilidad.

Eso que hoy llamamos “ayuda” rara vez se presenta como dominación. Se presenta como alivio. Como derecho. Como justicia social. Y funciona precisamente porque evita la pregunta esencial: ¿quién lo paga, quién decide y a qué precio?

El dinero no es la economía.
Es su instrumento.
La economía es trabajo, incentivos, responsabilidad y libertad para equivocarse y corregir.

Pero pensar exige esfuerzo. Y aceptar esa complejidad es mucho menos confortable que recibir sin preguntar.

Por eso, cuando alguien señala el mecanismo, no se discute el argumento. Se desacredita al mensajero. Porque desmontar una idea requiere estudio; desacreditar a una persona solo requiere prejuicio.

Nada es gratis. Nunca lo ha sido.
Solo hay facturas que llegan más tarde.

Y cuando llegan, casi siempre lo hacen en forma de menos libertad, más dependencia y generaciones enteras convencidas de que la jaula era, en realidad, un refugio.

No porque alguien les quitara la salida.
Sino porque dejaron de necesitarla.
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