Recordemos esto para vivir mejor.
Nadie está pensando en ti.
Pasamos media vida temiendo miradas, opiniones ajenas, fallos en público, la idea absurda de no ser “suficiente”.
Pero la verdad —esa que incomoda al ego y alivia el alma— es que la mayoría no mira, no juzga, no recuerda.
Cada quien camina en su propio laberinto: sus miedos, sus heridas, sus batallas internas… igual que tú.
Y lejos de ser triste, eso es libertad.
No necesitas aprobación constante para vivir auténticamente. Cuando dejas la sombra del juicio ajeno (que casi nunca existe como imaginas), comienzas a moverte ligero:
te atreves, te equivocas sin miedo, dices lo que piensas, te vistes para ti, ríes más fuerte, vives más hondo.
Porque no estás bajo un microscopio, sino compartiendo el mundo con millones de almas intentando entenderse a sí mismas.
Y eso —eso— es profundamente humano.
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