"Prométeme que no me olvidarás jamás. Ni cuando tenga cien años."



"Prométeme que no me olvidarás jamás. Ni cuando tenga cien años." Christopher Robin dijo una vez esas palabras con toda la seriedad que un niño podría tener al hablar con su mejor amigo: un oso con muy poco cerebro pero un corazón lleno de amor. Y Pooh, aunque no entendía bien qué significaba olvidar, supo lo suficiente como para asentir y decir: "No lo haré, Christopher Robin. Ni cuando tenga ciento un años." Porque su amistad no estaba hecha de grandes aventuras ni grandes planes; estaba hecha de paseos tranquilos, sándwiches compartidos y sentarse uno al lado del otro sin necesidad de decirse mucho. Estaba hecha de creer el uno en el otro, incluso cuando las cosas cambiaban. Sobre todo cuando las cosas cambiaban. Pooh nunca pidió más que tiempo. Y Christopher Robin se lo dio: el tipo de tiempo que vive en la memoria, que convierte los días en historias y las historias en eternidad. Al final, supieron algo importante: Aunque tengas que crecer e ir a otro lugar, el amor puede permanecer donde siempre estuvo: en el bosque, bajo un árbol, en el espacio entre dos amigos que nunca necesitaron despedirse.

Winnie the Pooh fans club

Comentarios