EL JOVEN QUE CONSIGUIÓ TRABAJO DESPUÉS DE LEER EN UN ENTIERRO.
15 de febrero de 1837. En el cementerio de la Puerta de Fuencarral se despedía al genial, pero atormentado, Mariano José de Larra.
Cuando descendía el ataúd con el cuerpo del que había sido el escritor mejor pagado de su época, de forma sorprendente e inesperada, un joven de veinte años se adelantó hacia la tumba y declamó estos versos de forma solemne y emocionada:
Ese vago clamor que rasga el viento
es la voz funeral de una campana
vano remedo del postrer lamento
de un cadáver sombrío y macilento
que en sucio polvo dormirá mañana.
Al terminar la elegía, el poeta se echó a llorar. La sorpresa fue absoluta, nadie se atrevía a hablar para no romper el hechizo.
Unos segundos después, alguien cuchicheó: "¿Quién es el genio?". Alguien respondió: "Se llama Zorrilla".
Los presentes terminaron vitoreando y aplaudiendo a Zorrilla.
Y así fue como José Zorrilla, hasta entonces desconocido y que apenas tenía para vivir, consiguió el puesto de Larra en el periódico El español.
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