Las viudas del penal de Ocaña.
En el penal de Ocaña estuvieron Miguel Hernández y Antonio Buero Vallejo.
En mi próximo libro «Las abarcas desiertas», la novela «Día de reyes» (basada en hechos reales), comienza en ese lugar de represión, en el que tan famoso se hizo el cura verdugo. Comienza con un personaje real, que salió de él para ser fusilado en las tapias del Penal de Toledo.
Aquí os dejo el primer capítulo.
1 El abuelo Mariano
Dicen que el penal de Ocaña no se vació del todo cuando abrieron sus puertas por última vez: algo se quedó pegado a sus muros, a las rejas, a la piedra vieja del convento sobre el que lo levantaron, como una humedad de voces que no termina de secarse. Entre 1939 y 1945 murieron allí más de mil trescientos hombres, pero los libros de registro, muy aseados ellos, prefirieron apuntar números antes que nombres, quizá para no despertar a los muertos cuando alguien los leyera. Las mujeres, sus viudas, novias o hijas, sin embargo, se los sabían de memoria; por eso cada Primero de Noviembre el camposanto se llenaba de lutos y de flores, y no había cruz sin susurro ni montón de tierra sin caricia. En una esquina, junto al muro que daba al penal, se formaba un corrillo de viudas que parecían siempre las mismas, aunque el tiempo les iba borrando los rasgos y afinando los huesos. Algunas hablaban de la nave de los poetas, donde estuvieron encerrados Miguel Hernández y Antonio Buero Vallejo; aseguraban que, algunas noches, desde aquella nave se escapaban palabras que se mezclaban con el vaho de los respiraderos y llegaban al cementerio como si fueran pájaros cansados: versos de nanas, trozos de escena, metáforas cojas buscando dueño. Y si el aire venía del lado de la capilla, traía otro rumor distinto, más frío, como de sotana mojada: era el recuerdo del cura-verdugo del penal, dicen, llevaba la lista de los que no verían la noche; un hombre que hablaba como si rezara el rosario, como si bendijera destinos ya escritos por otros, y al que los vivos temían más que a los guardianes. un sacerdote que por la tarde confesaba a los hombres y por la madrugada iba al paredón para bendecir los fusiles y dar el tiro de gracia, con la misma mano que levantaba la hostia sobre el altar; decían que cada disparo dejaba una grieta nueva en los muros, invisible a los ojos, pero bien sentida por las piedras. A muchos los remató allí mismo; a otros, como a Mariano Isabel Medina, Ristras, los sacaron de Ocaña y los llevaron a Toledo para fusilarlos en el penal toledano. En Ocaña, a veces, cuando el cura se alejaba arrastrando la sotana tras el ritual de la capilla, el viento hacía de director de escena y ponía en la misma línea el penal y las tumbas, como si alineara dos mundos para que se mirasen de frente. Esta historia empieza cuando Ristras todavía respiraba, contaba los gorgojos del caldo como si fuesen años y esperaba, tercamente, que las campanas de Ocaña tuviesen a bien darle un poco de futuro.
Aquel mes de junio de 1943, Mariano Isabel Medina, Ristras, aguardaba con impaciencia las nueve campanadas de la iglesia de Santa María de la Asunción de Ocaña. Decía que ese reloj tenía manos de mujer: cuando Dorotea apuraba el paso por la plaza, el minutero se aceleraba, como si quisiera ayudarla a llegar antes. Él sabía que ella ya estaría entre las primeras de la cola para cruzar la puerta del penal. Ese día llegaría con una noticia que esperaba que le diese vida a él. Mariano tenía otra noticia hilvanada en el pecho y había decidido no descoserla por si se rasgaban las costuras: lo que pasaba dentro se quedaba dentro. ¿Para qué añadir peso al hambre de fuera con la miseria de dentro?
Afuera, el hambre amansaba voluntades y doblaba rodillas a los más descreídos: por los mismos labios por donde no entraba pan salían rezos en alto y maldiciones bajitas contra un Dios que parecía distraído, ocupado en caminar sobre las aguas de Genesaret y en multiplicar panes y peces en Galilea, pero incapaz de evitar que su nombre sirviera de tenderete a los mercaderes. El pan, antes de rozar la boca del hambriento, se desmigaba en copos de nieve: ni saciaba ni quitaba la sed, porque se volvía polvo en la lengua y, al caer, sonaba a monedas en manos de fariseos. Cada Ave María levantaba una miga del suelo y la dejaba caer fría como escarcha; cada maldición, en cambio, hacía temblar las vidrieras, pero no movía una sola balanza del mercado.
Dentro, ni rezos ni blasfemias abrían puertas. No todos los días se comía; el caldo, cuando llegaba, traía cuatro raspas navegando en una marmita que parecía un mar cansado. Si el cazo bajaba hondo en su escudilla, Mariano daba gracias en silencio; si salía ralo, miraba al suelo y tragaba saliva, tragándose el veneno como si fuera manjar en la boca de un gato que se aferra a su séptima vida sin haber vivido las otras. Algún gorgojo se quedaba quieto en el borde de la cuchara y, antes de desaparecer, hacía un baile mínimo que a él le recordaba los pasos de Dorotea cuando la rondaba. De eso hace tanto, que si no lo llevase clavado en la piel como un tatuaje sin tinta, ni se acordaría.
A veces el silencio masticaba el hueso de la hora y las campanas troceaban el día en raciones: doce, seis, tres cucharadas de tiempo. En la chapa abollada de su plato, el vapor escribía nombres que se desleían al primer soplo; alguna espina, al chocar con el estaño, sonaba a flauta, y él sabía —no sabía cómo— que en Las Ventas con Peña Aguilera alguien pronunciaba su nombre, unos para bien, otros para burlarse, y otros mejor no escucharlos. Cuando el cazo tocaba fondo y raspaba estrellas de óxido, el mar de la marmita se mareaba y le traía, en una ola tibia, olor a pan bueno: eran campanadas molidas, la ilusión hecha miga. Entonces el gorgojo, satisfecho, alzaba un piecito y marcaba el compás; y los barrotes, por un instante, parecían arrimarse entre sí para que ninguna palabra cayera fuera de la escudilla.
A pesar de la noticia —que no diría—, sonreía y esperaba. En la última visita, Dorotea, aprovechando que el guardia estaba en la otra punta, se le había arrimado al oído:
—Tu hija sale de cuentas dentro de tres semanas.
—Pues haz lo que sea; quiero ver a mi nieta.
—¿Por qué dices mi nieta? Con el chiquillo no nos dejaron… y tiene ya seis años.
—Que venga con mi nieto y con lo que nazca. Esta vez me dejarán verlos—mintió, cubriéndose la boca para que ella no notara las dos piezas que faltaban desde la última visita.
Al pronunciar «nieto», sintió un golpecito leve en el aire, como si la palabra hubiera dado una patadita desde dentro de un vientre ajeno.
—Jacinto quiere venir a verte.
—Pobre yerno mío, que no venga, si no se quedará aquí, y no quiero que me acompañe en este viaje. Bastante mal lo pasó, y eso que a él lo metieron en la nave de los dos poetas, y a ellos les daban al menos pan y cebolla, o quizá era que les entraba por el tragaluz; dicen que los poetas se alimentan de poesía y metáforas, todo puede ser…
—Le brillan los ojos cuando te nombra.
—Que me nombre bajito, que aquí las paredes aprenden nombres y luego los llaman por su cuenta. Dile que me mande un gorrión con un pellizco de pan; yo le devuelvo el recado en una miga doblada, que las migas saben el camino mejor que los guardianes.
—¿Y si insiste?
—Que no venga con su chaqueta de domingo, que aquí los domingos los plancha el frío. Si se empeña, que pase por la plaza a la hora de nona: las campanas reparten el pan de las noticias y yo mastico una, y él otra, y nos sabrá igual. Así nos vemos sin vernos. Pero a Ocaña no venga de ninguna de las maneras, que la malura que tengo es contagiosa para los hombres…
—Te pondrás bueno y saldrás libre.
—Me pondré quieto, que no es lo mismo; bueno, ya lo era cuando entré, malo tampoco es que esté, estoy solo preso. En la nave de los poetas, uno tosía cebolla y hacía cuna con las manos; el otro trenzaba escaleras con sombra y silencio. A ratos el tragaluz nos servía sopa de luz mojada en calostro. Yo, con eso, y con tu nombre en la lengua, he ido tirando.
—Entonces, ¿qué le digo?
—Que me espere en el corral de casa, junto al pozo: esta noche, si las campanas dan nueve y cinco, le enviaré un beso por la rambla del aire. Que eche el cubo al fondo y lo coja con las dos manos, no vaya a ser que se le caiga y se le enrede en soga, que suele tener muy mala leche y a veces ahorca los pensamientos. Y que no me guarde sitio; en el sitio adonde voy solo entra uno, pero la sombra cabe en cualquier hogar si se la sienta junto al fuego.
La cola de mujeres avanzaba despacio. Los pañuelos negros echaban sombra a los pómulos y las bolsas de tela guardaban cosas que no pasan por aduana: un mendrugo, un trozo de tocino, tal vez una cuña de queso, una manzana o, si no había nada, una ramita de tomillo para engañar al hambre y perfumar la pena; también una risa envuelta para el retorno, que pesa menos que el pan y calienta más que el café, del que ya se habían olvidado su aroma. Chorizos y magdalenas cruzaban la puerta y se quedaban en la garita, como si el torno tuviera hambre propia: los guardias decían control y la palabra se les quedaba aceitosa en los labios. El tocino pasaba si estaba rancio; si lucía vetas, no tenía permiso de entrada, porque las vetas, según declaró un cabo, provocan nostalgias peligrosas.
Las mujeres sabían los trucos del mundo: la manzana, partida en cuatro, parecía menos y se oxidaba como la hojalata, y la miga aplastada contra la tela cabía por los resquicios de la ropa planchada como un rezo apretado. El reglamento olía a moho putrefacto y a tinta desganada; el sentido, a veces, se quedaba dormido en el bolsillo del guardia de la entrada. En la báscula de la puerta, que nunca marcaba lo justo, los pesos se inclinaban a favor de quien susurraba un nombre: los nombres, cuando se dicen bajito y con cariño, adelgazan los objetos. La ramita de tomillo siempre entraba, porque hasta el más duro de los sellos reconocía su perfume y abría un poquito el canto, lo bastante para que pasara la fragancia. A veces, un gorgojo viajero se quedaba en la costura del saco, y bailaba si algo de luz le daba; las mujeres lo dejaban estar: era señal de que dentro había algo que alimentaba.
El libro "Las abarcas desiertas", estará disponible dentro de tres semanas.
Paco Arenas

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