Alfredo.

Es que lo veía mucho, esa es la verdad, pero conocerlo, no. No lo conozco.
Se su nombre porque su bar se llama Alfredo, y porque cada parroquiano que sube la empinada calle del Carmel para entrar, lo hace gritando "Alfredo coño todavía trabajando? no te cansas de sacarnos el dinero con este bar?".
Alfredo sonríe a cada ocurrencia de cada cliente.
No crean que sonríe mucho, ahí nomás, lo justito.
Yo soy uno más de esos que va día sí y día también, pero a pesar de mi naturaleza, con Alfredo siempre fui tímido.
Tal vez porque mi acento argentino hubiese roto la fantástica magia natural de ese barcito de barrio.
No quiero que se pierda, no quiero ser el responsable de que esa esencia local eche a volar como lo hace un pequeño gorrión ante la amenaza de los movimientos torpes de cualquier animal que se acerca.
Por eso yo voy y bebo mis cervezas; a veces en una mesa, a veces en la barra, y paso el tiempo mirándolo y oyéndolo todo.
Mirarlo a Alfredo es fácil, porque es muy grande, tanto de tamaño como de edad. Muy grande.
Y aunque se lo ve entero, las últimas veces que lo crucé se notaba que los años venían ganándole la pulseada.
“No es tu culpa Alfredo, sos un rival magnífico, pero esa batalla no hay quien la gane” quise decirle más de una vez. Pero no lo hice.
Hubo una única oportunidad en la que hablamos.
Yo venía muy movilizado emocionalmente y lo notó.
“Oye, estás bien?” dijo con una voz impropia de aquel cuerpazo.
Sí, le respondí estirando demasiado la “s” y mucho más la “i” que terminó convirtiéndose en una débil “e”, eliminando hasta el más mínimo ápice de credibilidad a mi afirmación.
Sabía que Alfredo era un hombre de pocas palabras y de manera inconsciente quise retenerlo para mí, necesité tener una charla con él, así que no le dí la oportunidad a que un silencio prolongado matara la conversación.
“Es que estoy muy emocional”, dije mirándolo a los ojos casi como un amante que aferra las manos de su pareja, dispuesto a confesarle que no puede quedarse solo.
Alfredo entendió todo, se acomodó de su lado de la barra y soltó un grupo pequeño de emes que se podían confundir con una respiración fuerte o el inicio de un corto pero arropador ronroneo.
“Yo siempre fui una persona sensible, pero ahora estoy muy por delante de los límites que acostumbraba tener frente a mí. Es que por más que me gire 180 grados, no logro ver dónde están.
Y no entiendo nada, no sé si puedo mantenerme a flote en esto”.
Solté todo aquel párrafo casi sin respirar, con la naturalidad con la que hubiese hablado frente a un amigo, a un hermano o a un padre.
Alfredo se quedó quieto, como si el tiempo se hubiese detenido y luego dijo: “Sabes que pasa tío, que algo se ha roto dentro tuyo”.
Otra vez la pausa se hizo presente paralizando al mundo, mientras el viejo masticaba los últimos pedacitos de una oliva que tenía en la boca, o de una pequeña papafrita, o qué se yo.
No viene al caso lo que estaba comiendo, ni sé por qué lo señalo. Debe ser porque lo único que se movía de forma casi mínima en todo el planeta, era su mandíbula haciendo que sus labios apenas se despeguen en la zona media de la boca, razón por la cual yo creía que en cada uno de esos movimientos iba a empezar a decirme algo.
Pero no, la pausa se dilataba más y más.
“Ojo (continúo diciendo por fin), que no es nada malo. Al contrario, lo que se rompió es liberador, es algo que te contenía y ya no está. Eres libre. Lo entiendes, no? Eres libre”. Agregó sonriendo levemente, cómo hace siempre, pero está vez con toda la cara.
“Ahora tendrás que aprender a vivir así... libre”.
Se enderezó y caminó lento hacia la cafetera para terminar de servir un café que le habían pedido unos momentos antes, y ya no hablamos más.
Volví al bar unos días después.
Hoy jueves por segunda vez está semana, subiendo esta jodidamente empinada calle del barrio El Carmel; no sé porque vengo hasta acá con lo que cuesta la cuesta.
Alfredo no estaba, otra vez.
No está.
Se nota su ausencia.
Tanto que decidí no preguntarle nada al joven con mirada bobina y postura rumiante que me atendió el lunes.
En esta oportunidad no pedí nada y me dediqué a mirar los detalles del lugar con detenimiento, cosa por cosa.
La barra, las banquetas de madera, las pocas mesas y los ajados menúes que había sobre alguna de ellas. Las paredes, que por primera vez advierto que están pintadas de un azul fuerte horrible; la tele siempre proyectando un canal con programación de mierda, los cuadros pedorros que intentan decorar el lugar pero no lo consiguen, y el suelo de gres.
Fue lo último que miré dentro del Bar Alfredo antes de girar e irme. Cuando salí giré leí el cartel que efectivamente señalaba que era el Bar Alfredo, pero es mentira, ese bar ya no estará más allí ni en ningún lugar.

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