"El peso del reloj de pared"
Fue en la biblioteca del pueblo, un lugar polvoriento y casi siempre vacío, donde conoció a Liubov, una mujer viuda de cuarenta y cinco años, que trabajaba como encargada del lugar. Tenía el porte de una reina caída en desgracia: su rostro, aunque marcado por las huellas del tiempo, conservaba una belleza serena, y sus manos, al tocar los libros, parecían tener el poder de darles vida.
Pável comenzó a visitarla con frecuencia, al principio bajo el pretexto de buscar libros, pero pronto ambos sabían que no era literatura lo que lo atraía, sino las conversaciones con ella. Liubov, con su inteligencia y melancolía, le reveló un mundo que nunca había conocido, lleno de ideas, emociones y posibilidades.
Sin darse cuenta, Pável se enamoró de ella. No era un amor juvenil e impulsivo, sino algo más profundo, casi reverencial. Para él, Liubov no era solo una mujer; era un símbolo de todo lo que deseaba en la vida: belleza, conocimiento y una valentía silenciosa para enfrentar el sufrimiento.
Pero el pueblo, con sus tradiciones y costumbres inquebrantables, pronto comenzó a murmurar. Los vecinos veían con desdén al joven que pasaba tanto tiempo con una mujer que podría ser su madre. "¿Acaso no tiene vergüenza?", decían. "Ella ya vivió su vida, ¿y él quiere arruinar la suya?"
Pável comenzó a sentir el peso de esas miradas y palabras. Su padre, un hombre rígido y autoritario, lo confrontó. "Esa mujer no es para ti", le dijo. "Es una viuda, y su pasado no es tu futuro. Debes casarte con alguien joven, alguien que pueda darte hijos y un hogar."
Liubov, por su parte, no era ajena a estas tensiones. Aunque amaba a Pável, sabía que su relación era imposible en un mundo que no les permitiría existir juntos sin destruirlos. Una noche, mientras Pável le confesaba sus sueños de huir juntos a San Petersburgo, Liubov tomó sus manos y le dijo:
—Pável, mi querido Pável, tu amor es lo más puro que he conocido, pero también lo más trágico. Tú eres un joven lleno de vida, con un futuro que aún no puedes imaginar. Yo soy una sombra de lo que fui, una mujer con un pasado que nunca podrás cargar sin que te consuma. Si me amas, debes dejarme ir.
Pável lloró como un niño, pero entendió que Liubov tenía razón. En el fondo, sabía que su amor no podría sobrevivir al peso de las tradiciones, las miradas de los otros y el reloj implacable que marcaba la diferencia de sus edades.
Liubov dejó el pueblo poco después, sin despedirse de nadie. Pável continuó con su vida, trabajando en la tienda de su padre, pero algo dentro de él murió con su partida. Cada vez que escuchaba el sonido del viejo reloj de pared de la tienda, recordaba las palabras de Liubov, el tiempo que los separó, y el amor que, aunque imposible, siempre sería suyo.
Así, Pável aprendió que a veces el amor, al igual que la vida, no busca finales felices, sino una verdad dolorosa que nos transforma para siempre.
Dostoievsk
Web
Comentarios
Publicar un comentario