Padre (un relato corto sobre padres e hijos)


                                             Foto subida de : Encuentro juvenil 2.014


Nada más entrar, se sentó a la barra y pidió un café solo. Mientras pagaba, miró de reojo al centro de la sala. Aquel humo, aquel jolgorio, aquel humor desmedido que a veces se tornaba en violencia, amenazas o insultos… No todo el mundo sabe perder.


Inquieto por que él estuviera allí, mirándome de reojo, al cabo de pocos minutos dejé las cartas sobre la mesa, apagué el cigarrillo contra el cenicero y me dirigí hacia él. Intuyendo mi acercamiento, dejó una moneda sobre la barra y salió del bar. Aceleré un poco y justo cuando bajaba el último peldaño le cogí suavemente de una manga.


Mi padre, encorvado, mi padre, cansado, mi padre, las manos agrietadas de tanto trabajar desde que era niño, me miró con los ojos vidriosos. Su rostro era un mural de la decepción. El abrigo le quedaba holgado, y los pantalones, y la mirada. Todo le quedaba holgado a mi padre aquella fría tarde.


–Padre, yo…


Mi padre se echó a caminar, dándome la espalda. No dijo una sola palabra, y eso me dolía más que cualquier reproche.


Lo vi caminando solo, en dirección a casa, despacio, con todo el peso del mundo en sus espaldas. Sentí que mi padre había perdido de una vez por todas a su único hijo.


–Padre…


Entonces eché a correr hacia él y lo encaré.


–Espere un momento. Debo pagar la consumición… las consumiciones… No quiero que me tachen de mal pagador. Es solo un segundo. No se vaya, por favor. Le acompañaré a casa.


Hizo una mueca y yo corrí al bar. Pagué la bebida y regresé adonde estaba mi padre, que había aprovechado para sentarse en un banco.


–Padre –le dije mientras nos echábamos a caminar–. Lo dejaré. Le juro que dejaré esta vida. Esta vez lo digo muy en serio. Lo juro por mi pequeña hija.


Mi padre, hasta ese momento mudo, se puso en pie, se giró y me dijo con tono lapidario.


–Soy yo quien te jura por mi santa madre, que en paz descanse, que si no cumples tu palabra, no volveré a dirigirte la palabra.


–Lo juro, padre. Esté seguro de ello.


En mi frase anidaban los mejores deseos del mundo. Pero la verdad es alma casquivana: yo no dejé aquella vida ni mi padre dejó de hablarme hasta el último de sus días. 

Francisco Rodríguez Criado

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