NAPOLÉON Y EL SASTRE (cuento judío)

 



Cuando, después de su derrota, Napoleón tuvo que huir de Rusia, casualmente pasó por una aldea donde había una comuni­dad judía importante. Los soldados del ejército enemigo lo persi­guieron y, al ver que éstos ya estaban demasiado cerca de él, entró en una pequeña casa donde vivía un sastre judío. Dijo al sastre con voz temblorosa: “Escóndeme rápido, porque me persiguen”.

El sastre no tenía la menor idea de quien era él, pero como alguien estaba pidiendo ayuda, lo único que pudo hacer fue, ayudarle.

Dijo a Napoleón: “Métete en la cama, ponte encima la colcha pesada, y no te muevas.”

Napoleón se metió debajo de la colcha y el sastre lo cubrió con una pila enorme de ropas, trapos y colchas viejas.

Apenas unos minutos después, se abrió la puerta y dos sol­dados entraron, con sus bayonetas empuñadas.

–¿Vino alguien a tu casa para esconderse? –preguntaron.

–No –contestó el judío–. ¿A quién se le ocurriría, venir acá para esconderse?

Los soldados allanaron la casa, después echaron un vistazo en la enorme pila de trapos sobre la cama y varias veces la apuñalaron con sus bayonetas. No había nadie adentro. Así que se fueron.

Cuando Napoleón escuchó que la puerta se hubo cerrado tras ellos, salió de la cama desde debajo de la pila de acolchados, pálido como un fantasma. Dijo al Judío:

–Ahora puedo decirte que yo soy Napoleón. Y. como me has salvado de la muerte segura, puedes pedirme tres cosas, y te las concederé.

Por un momento, el pobre sastre rascó su cabeza para pensar. Después, al volverse hacia el emperador, dijo:

–Ya hace dos años que el techo de mi casa está goteando. ¿Podrías mandar a alguien para que me lo arreglara?

Napoleón lo miró con sorpresa y le dijo:

–Pero tú eres torpe; por supuesto que voy a mandar a arreglarte el techo. Pero ¿por qué me pides cosas tan triviales? ¿Por qué no me pides algo más importante? No te olvides que ya tienes tan sólo dos cosas que pedirme.

Al sastre se le dieron vuelta muchos pensamientos en la cabeza. ¿Qué cosas buenas podría todavía pedir al emperador? Después dijo:

–Aquí en la misma calle hay otra sastrería, es mi competencia y me quita todos mis clientes. ¿Podrías arreglar que él se mudase a otro lado?

–Eres tonto –le contestó Napoleón–. Voy a hacer eso por ti. Pero no te olvides que ya no tienes más que un solo deseo.

Al escuchar estas palabras, el judío empezó a pensar muy concentrada e intensamente. Después sonrió y le dijo:

–Quisiera saber: ¿cómo te sentiste cuando, al estar acostado en mi cama, los soldados agujerearon la manta con sus bayonetas?

Napoleón se puso rojo de rabia.

–¡Qué nervios de acero! ¿Cómo se te ocurre, hacer una pregunta así a Napoleón? Por esta desfachatez, te mando fusilar.

–Por supuesto, el pobre sastre lloró y gritó, y siguió temblando, llorando, y recitó las oraciones tradicionales de confesión de pecados, antes de morir.

Por la madrugada, lo sacaron de su celda, le vendaron los ojos, lo ataron a un árbol y tres soldados estaban en frente de él, apuntándolo con sus rifles. Un cuarto soldado estaba parado al lado suyo, con un reloj en su mano, esperando el momento que llegara la orden de disparar. Después, levantó su mano y empezó a contar:

“Uno, Dos, Tr…”

No había terminado de decir “Tres”, cuando un oficial vino al trote de su caballo, y gritó:

“¡Alto! ¡No tires!”

Cuando los soldados bajaron sus mosquetes, se acercó al judío y le dijo:

–El emperador te perdona, y te manda esta carta.

El judío tomó la carta en sus manos y, todavía temblando, la abrió. La carta decía así:

–He sentido exactamente lo mismo que ahora has sentido tú. Este es tu tercer deseo.

Desde ese día, el pequeño sastre considera como su tesoro la carta del emperador, y la muestra a todos con quienes se encuentra.

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