El toro y su público.



https://migijon.com/el-toro-y-su-publico/?El licenciado Covarrubias, en la palabra «capar» de su famoso diccionario, habla de la «gran maldad» de castrar a niños. Era una práctica antigua que se hacía con propósitos diversos, relacionados sobre todo con placeres lujuriosos. Covarrubias cuenta que el emperador Domiciano prohibió esta costumbre y reproduce algún epigrama de Marcial alabando al emperador por tan justa medida. No siempre la castración de niños tenía motivaciones tan bajas. Cuando Covarrubias publicó su Tesoro Lexicográfico, en el siglo XVII, hacían furor los castrati, cantantes de ópera que habían sido castrados de niños. La voz de estos cantantes mantenía la tesitura de un niño y a ella le añadía la fuerza y oficio de un adulto. Según parece el resultado era angelical. Debió haber polémicas al respecto. En la época de Domiciano no había ópera, pero en la de Covarrubias sí y el licenciado llamó gran maldad a semejante práctica. Un siglo después, a la vez que el Papa Benedicto XIV condenaba la amputación de esos chicos, brillaba Farinelli, precisamente el castrato más famoso de la historia. Y durante el siglo XIX seguían siendo habituales cantantes capones en las óperas. Así que debía ser un asunto polémico. La aberración de mutilar a niños para jugar con su cuerpo era evidente. Pero en los castrati había otra ética. No se les mutilaba para servirse de su cuerpo ni por maldad. Era por el arte, y no un arte cualquiera, era por el canto, una de las entonces seis bellas artes. Se trataba además de una tradición muy larga, bendecida por los siglos. Y aquellos eunucos vivían muy bien, eran celebridades agasajadas.

Tradición, arte, aficionados devotos; esto nos suena. Por supuesto, no es lo mismo castrar a un niño que pinchar y matar a un toro. Pero el sentido común dicta que ni el cariño por la tradición ni la altura del arte pueden ser torbellinos que succionen la ética elemental. La polémica sobre el espectáculo taurino no viene con moderneces animalistas ni postureos pijoprogres. La polémica viene de lejos, no es de ahora. Los taurinos tienen sus argumentos. Una corrida no es como tirar la cabra del campanario, donde la risotada viene cuando la cabra se destripa en el suelo. El toreo implica la muerte y martirio del animal, pero no es eso lo que disfruta el aficionado. Hace poco Víctor Guillot (https://cutt.ly/YWu6xMR) calificó el toreo de José Tomás como dramático y tenebrista, y el de Morante de la Puebla como barroco. Sabía lo que decía, en una corrida suceden cosas que admiten etiquetas como dramático o barroco. Y también es verdad que los pollos que nos comemos no conocen más que el tormento, mientras que un toro de lidia solo sufre la última media hora de su vida. El resto de su tiempo vive bien, como un castrato. calificó el toreo de José Tomás como dramático y tenebrista, y el de Morante de la Puebla como barroco. Sabía lo que decía, en una corrida suceden cosas que admiten etiquetas como dramático o barroco. Y también es verdad que los pollos que nos comemos no conocen más que el tormento, mientras que un toro de lidia solo sufre la última media hora de su vida. El resto de su tiempo vive bien, como un castrato.Tradición, arte, aficionados devotos; esto nos suena. Por supuesto, no es lo mismo castrar a un niño que pinchar y matar a un toro. Pero el sentido común dicta que ni el cariño por la tradición ni la altura del arte pueden ser torbellinos que succionen la ética elemental. La polémica sobre el espectáculo taurino no viene con moderneces animalistas ni postureos pijoprogres. La polémica viene de lejos, no es de ahora. Los taurinos tienen sus argumentos. Una corrida no es como tirar la cabra del campanario, donde la risotada viene cuando la cabra se destripa en el suelo. El toreo implica la muerte y martirio del animal, pero no es eso lo que disfruta el aficionado. Hace poco Víctor Guillot (https://cutt.ly/YWu6xMR
Siento poca cercanía con el llamado animalismo. Es difícil de cuadrar en una doctrina coherente la cuestión de los derechos de los animales. Me gusta más la expresión de Víctor Guillot. No se trata de los derechos de los animales, sino de algo más palpable, que son límites de la dignidad humana. En marzo de este año un tipo abandonó a su perro para ir de vacaciones y, para librarse del engorro de que lo siguiera, le partió las patas. Imagino los alaridos del animal y su aturdimiento por aquella mano que le venía dando de comer. La expresión es correcta: es dignidad humana, humanidad básica, lo que se quiebra. Y los límites de la dignidad humana no pueden contraponerse a una libertad que no podría ser otra que la que disfrutaban los macarras del instituto en el recreo y se ejerce con plenitud en la jungla. Hay algo que tiene que ver con la dignidad humana en un espectáculo público que incluye mugidos de dolor, palos coloreados clavados en la carne y borbotones densos de sangre de un animal al que se atormenta. Toda esta discusión es habitual y monótona.

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