Sobre héroes y tumbas.



—Un genio —le expliqué con calma didáctica— es alguien que descubre identidades entre hechos contradictorios. Relaciones  entre hechos aparentemente remotos. Alguien que revela la identidad bajo la diversidad, la  realidad bajo la apariencia. Alguien que descubre que la piedra que cae y la Luna que no cae son el mismo fenómeno. La educadora seguía mi razonamiento con ojitos sarcásticos, como una maestra a un chico mitómano. 
—¿Y Madame Curie es poco lo que descubrió? 
—Madame Curie, señorita, no descubrió la ley de  la evolución de las especies. Salió con un rifle a cazar tigres y se encontró con un dinosaurio. Con ese criterio también sería un genio el primer marinero que divisó  el Cabo de Hornos. —Usted dirá lo que quiera,  pero el descubrimiento de Madame Curie revolucionó la ciencia. 
—Si usted sale a cazar tigres y se encuentra con un centauro,  también provocará una revolución en la zoología Pero no es esa clase de revoluciones la que provocan los genios. 
—Según su  opinión, a la mujer le  está vedada la ciencia. 
—No, ¿cuándo he dicho eso? Además, la química se parece a la cocina. 
—¿Y la filosofía? Usted prohibiría, seguramente, que las  muchachas ingresen en la facultad de filosofía y letras. 
—No, ¿por qué? No hacen mal a nadie. Además allí encuentran novio y se casan. 
—¿Y la filosofía? —Que estudien,  si quieren.   Mal no les va a hacer. Tampoco bien, eso es  cierto. No les hace nada. Además, no hay  ningún peligro de que se conviertan en filósofos. La señorita González Iturrat gritó: 
—¡Lo que pasa es  que esta sociedad absurda no les  da las  mismas posibilidades que a los hombres! 
—¿Cómo? Si estamos diciendo que  nadie les impide ir a la  facultad de filosofía. Más aún: me dicen que ese establecimiento está  lleno de mujeres. Nadie les prohíbe que hagan filosofía. Nunca se les impidió que piensen, ni  en su casa ni fuera de su casa. ¿Cómo se puede impedir que alguien piense? Y la filosofía no requiere más que cabeza y ganas de pensar. Ahora, en la época de  los griegos y en el siglo XXX. Eventualmente una sociedad podría impedir que una mujer publicase un libro de filosofía: mediante la ironía, el boicot, en fin, alguna cosa así. Pero, ¿impedir que piense? ¿Cómo ninguna sociedad puede obstaculizar la idea del universo platónico en la  cabeza  de una mujer? La señorita  González  Iturrat estalló: 
—¡Con gente como usted el  mundo nunca habría ido adelante! 
—¿Y de dónde deduce usted que ha ido adelante? Sonrió con desprecio. 
—Claro. Llegar a Nueva York en veinte horas no es un progreso. 
—No veo la ventaja de llegar  pronto a Nueva York. Cuanto más se tarda, mejor. Además, yo creí que usted se refería al progreso espiritual. —A todo, señor. Lo del avión no es un azar: es  el símbolo del adelanto general. Incluso los valores éticos. No me va  usted a decir que la humanidad  no tiene una moral superior a la de la sociedad esclavista. 
—Ah, usted prefiere los esclavos con sueldo. 
—Es fácil ser cínico. Pero cualquier persona  de buena fe  sabe que el mundo conoce hoy valores morales que eran desconocidos en la antigüedad. 
—Sí, comprendo. Landrú viajando en ferrocarril es superior a Diógenes viajando  en trirreme. 
—Usted elige a propósito ejemplos  grotescos. Pero es evidente. 
—Un jefe de Buchenwald es superior a un jefe de galeras. Es mejor matar a 109 bichos humanos con bombas Napalm que con arcos y flechas. La bomba de Hiroshima es más benéfica que la batalla de  Poitiers. Es más progresista torturar con picana eléctrica que con ratas, a la china. 
—Todos ésos son sofismas, porque son hechos aislados. La humanidad superará también esas barbaridades. Y la  ignorancia tendrá que ceder en toda  la línea, al final, a la ciencia y al conocimiento. 
—Actualmente, el espíritu religioso es  más fuerte que en el siglo XIX —anoté con tranquila perversidad. 
—El oscurantismo de todo género  cederá al fin. Pero la marcha del progreso no puede ser sin pequeños retrocesos y zigzags. Usted mencionó hace un momento la teoría de la evolución: un ejemplo de lo que puede la ciencia contra toda clase de mito religioso. 
—No veo los efectos devastadores de esa teoría. ¿No acabamos de admitir que el espíritu religioso ha repuntado? 
—Por otros motivos. Pero liquidó definitivamente muchas paparruchadas, como eso de la creación en seis días. 
—Señorita: si Dios es omnipotente, ¿qué le cuesta crear  el mundo en seis días  y distribuir algunos esqueletos de  megaterios por ahí para poner a  prueba la fe o la estupidez de los hombres? 
—¡Vamos! No me va a pretender que dice en  serio semejante sofisma. Además, hace un momento estaba elogiando  al genio que descubrió  la teoría de la evolución. Y ahora la toma en broma. 
—No la tomo en broma. Digo, simplemente, que no prueba la inexistencia de Dios ni refuta la creación del mundo en seis días. 
—Si por usted fuera no habría ni  escuelas. Si no me equivoco, usted debe ser partidario del analfabetismo.
 —Alemania en 1933 era  uno de los pueblos  más alfabetizados del mundo. Si la gente no supiera leer, al menos no podría ser idiotizada día a día por los diarios y revistas. Desgraciadamente, aunque fuesen analfabetos  todavía quedarían otras maravillas del progreso: la radio, la televisión. Habría que extirpar los tímpanos a los chicos y sacarles los ojos. Pero éste sería ya  un programa más dificultoso. 
—A pesar de los sofismas, siempre la luz prevalecerá sobre la oscuridad, y el bien sobre el mal. El mal es ignorancia. 
—Hasta ahora, señorita, el mal siempre ha prevalecido sobre el bien. 
—Otro sofisma. ¿De dónde saca  semejante barbaridad? 
—Yo no saco nada, señorita: es  la tranquila comprobación de la  historia. Abra usted la historia de Oncken por cualquier página y  no encontrará más que guerras, degüellos, conspiraciones, torturas, golpes de estado e inquisiciones. Además, si prevalece siempre el bien ¿por qué hay que predicarlo?  Si por su naturaleza el hombre no estuviera inclinado a hacer el mal ¿por qué se lo proscribe, se lo  estigmatiza, etc.? Fíjese: las religiones más altas predican  el bien. Más todavía: dictan  mandamientos,  que  exigen  no fornicar, no matar, no robar. Hay que  mandarlo.  Y el poder del mal es tan grande y  retorcido que  se utiliza hasta para recomendar el bien: si no hacemos tal y tal cosa nos  amenazan  con el infierno. 
—Entonces —gritó la señorita González Iturrat— según usted hay que predicar el mal. 
—Yo no he dicho eso,  señorita. Lo que pasa es que usted se ha excitado mucho y ya no me escucha. El mal no hay que predicarlo: viene solo. 
Sobre héroes y tumbas, Ernesto Sabato

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