La confianza.


 No hay nada más potente que la pérdida de confianza para matar una relación.

Hablo no sólo de historias de amor.

Estoy convencido de que son muchas las personas que van quedando arrinconadas por ese motivo, el de haber fallado a la gente que un día pensó en ella como alguien con quien compartir confidencias.

Esa relación ya nunca se recupera del todo.

Es más sencillo no prestar atención a estos razonamientos éticos. Porque es más sencillo ser mediocre.

La mediocridad la va obteniendo la persona que, sin ser mala, se va convirtiendo en alguien que ni fu ni fa. Aquéllos con los que no termina de contar nadie porque te fallan demasiadas veces, que se excusan a las primeras de cambio, que encuentran argumentos una de cada dos ocasiones para desaparecer.

Mantener la confianza de alguien no es tarea fácil. No es una actividad pasiva, sino de esfuerzo. No se trata simplemente de ser fiel, ni es cuestión de guardar secretos.

Ganarse la confianza de alguien implica ser proactivo, entretejer complicidades, adelantarse a las preocupaciones, saber interpretar silencios, no dudar a la hora de prestar ayuda. No dudar tampoco a la hora de pedirla. También uno se la gana cuando se muestra débil, imperfecto, desarbolado. 

La confianza es una vía de doble dirección que se puede perder en una simple mirada.

Según se mire, puede ser una pesada carga, pero yo no entiendo las relaciones humanas sólidas si no es a base de demostrar, en las pequeñas cosas, que siempre estaré para ti. 

Un trozo de nuestro mundo se cae cuando alguien querido nos falla, pero no podemos agarrarnos a eso para dejarnos llevar por el desencanto.

Ser fuertes y fiables proporciona una felicidad sutil y estable en el tiempo.

Ellos serán mediocres, pero tú... Tú no dudes nunca de mí.


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(Pintura de Tara Leaver)


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