Prometeo.


La terrible historia de Prometeo, una escena entre las sombras, una anatomía desnuda en sufrimiento diagonal, donde podemos casi tocar la carne y la pluma, y un suceso excesivamente cruel, todo salpicado de sangre y teatralidad. Los artistas se podían lucir con su talento, sorprender al espectador con su efectismo y contar una historia prodigiosa, con el sello de calidad de la mitología griega.

Por robar el fuego a los dioses para dárselo a los hombres, Zeus encadenó a Prometeo en una roca y envió un águila para que se comiera su hígado, pero el órgano volvía a crecer cada noche, y el águila volvía a comérselo cada día. Este castigo habría de durar para siempre.

Una tortura infinita, un castigo perpetuo, uno de los tormentos más despiadados que un poeta griego pueda imaginar, pero que fue bienvenido durante el barroco, ya que muchos artistas de la época lo ilustraron cada uno a su manera, cada cual más sangriento y realista.

Prometeo tiene un rol fundamental en la caracterización y el destino del ser humano, así como su papel en el cosmos. Según diferentes versiones, mientras su hermano Epimeteo fabricó las diversas criaturas que debían poblar la Tierra, él moldeó con arcilla al primer hombre, dándole un semblante parecido al de los dioses. Prometeo puso un gran esmero en su labor pero tardó tanto que, cuando terminó, su hermano ya había gastado todos los dones que les dio Zeus para repartir entre las criaturas terrestres. Como consecuencia de ello, la especie humana fue creada muy hermosa pero sin alas, plumas, pelaje, garras ni otras cosas que le permitieran desenvolverse con facilidad en la naturaleza. Al contrario, era débil, pasaba frío y estaba desprotegida.

Compadecido de ellos, Prometeo subió al Monte Olimpo, robó en secreto el fuego del carro del Sol y se lo llevó a los hombres. Según la versión de Platón, en cambio, el fuego fue robado de la fragua de Hefesto junto con varias de sus artes, técnicas y conocimientos. En cualquiera de los dos casos, el don liberó a los humanos de la esclavitud, de la oscuridad y de la ignorancia, proporcionándoles los medios con los que ganarse la vida.

El suceso fue visto con cierta complicidad por parte de algunos dioses como Atenea, que ya había ayudado a Prometeo con anterioridad. Sin embargo, Zeus no estaba de acuerdo con que los hombres pudieran dominar el fuego porque eso les haría autosuficientes, o en otras palabras, menos dependientes de los dioses. Prometeo había sugerido a los hombres que hicieran ofrendas a los dioses con el fin de ganarse su favor. Pero el astuto personaje también había intentado engañar al propio Zeus. En efecto, dio a elegir a Zeus entre dos presentes, uno que guardaba la carne de un buey sacrificado y otro con los huesos y la grasa del animal envueltos en su piel; Zeus eligió los huesos y Prometeo se quedó con la carne para sí mismo y para los mortales. Descubierto el engaño, el rey de los dioses descargó su ira por partida doble. Por un lado, condenó directamente a Prometeo a sufrir un tormento eterno, y por otro, se vengó indirectamente contra sus protegidos, los seres humanos.

Lo cierto es que el destino de los seres humanos fue diseñado conforme a un plan increíblemente retorcido. Para vengarse de Prometeo, Zeus les envió lo que los griegos llamaban un «mal hermoso», porque se trataba de algo potencialmente maligno y peligroso pero presentado bajo una apariencia de extraordinaria belleza. Este mal adquirió la forma de una mujer, Pandora, que fue modelada en arcilla por Hefesto y entregada a Prometeo. Prometeo sospechó y no quiso aceptar a la mujer, alegando que era estúpida por lo que ésta fue finalmente enviada a su hermano Epimeteo, quien se casó con ella a pesar de las advertencias en contra de aceptar cualquier regalo de los dioses. Las sospechas se confirmaron al comprobar que Pandora llevaba consigo una caja que le había regalado Hermes, y que contenía todas las desgracias con las que Zeus pretendía castigar a la humanidad. Tanto Prometeo como Epimeteo exhortaron a Pandora para que no abriera nunca la caja, pero la mujer, curiosa, acabó haciéndolo y liberó todos los males del mundo: las plagas, el dolor, la pobreza, la violencia, la guerra. Demasiado tarde, intentó cerrar de nuevo la caja, dejando dentro únicamente la esperanza. ¿Era la esperanza otro mal?

En cuanto a Prometeo, su castigo ha pasado a la historia por ser uno de los más horribles y despiadados nunca imaginados. Por orden de Zeus, el titán fue encadenado por Hefesto en el Cáucaso con el fin de que un águila le devorase el hígado durante 30.000 años. Como Prometeo era inmortal, el hígado se regeneraba cada noche y al día siguiente el águila empezaba de nuevo a comérselo, de tal forma que la tortura era infinita. Afortunadamente, a los 30 años Heracles pasó por el lugar del cautiverio, de camino al Jardín de las Hespérides, y liberó a Prometeo disparando una flecha contra el águila. Zeus lo consintió porque este acto otorgó gloria a Heracles, que era su hijo, y Prometeo fue finalmente perdonado e invitado a regresar el Olimpo, aunque con la condición de cargar para siempre la roca en la que había estado encadenado.
El mito de Prometeo ofrece una explicación alegórica de cómo los seres humanos lograron adquirir la cultura necesaria para sobrevivir, desarrollarse y encontrar su lugar en el mundo. También constituye un símbolo de rebeldía contra el autoritarismo político o religioso, así como de la lucha por cambiar el sistema y forjarse un destino propio. Los hombres no son iguales a los dioses pero son suficientemente dignos y pueden luchar por construirse un lugar en el universo, incluso al margen de los dioses.

La Obra:
Prometeo
Título original: Prométhée
Artista: Theodor Rombouts
Técnica: Óleo (154 x 222,5 cm.)
1620
Barroco
Museo: Museo real de Bellas Artes de Bélgica, Bruselas (Bélgica)

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