Pigmalión y Galatea

El mito de Pigmalión y Galatea es probablemente una de las historias más conocidas de la mitología griega, así como uno de los mitos antiguos más influyentes e inspiradores, y que se convirtió en el tema principal de obras de teatro, películas y obras de arte.
Pigmalión fue un talentoso escultor griego de Chipre, que luego de muy malas experiencias con algunas prostitutas locales, perdió todo interés en las mujeres y evitó su compañía por completo. Pigmalión veía a las mujeres como criaturas defectuosas y prometió no perder nunca más un momento de su vida con ellas. Se dedicó por completo a su trabajo y curiosamente muy pronto creó Galatea, la bella escultura de una mujer.
Quizás se puede especular que intentaba corregir en mármol esos defectos que vió en las mujeres de carne y hueso.
Quien había jurado no acercarse nunca más a una mujer trabajó con tanto ahínco e inspiración en la escultura de Galatea, que se volvió más bella que cualquier mujer que haya vivido o tallado.
Cuando terminaba los detalles de Galatea, cada momento más encantadora, los golpes de martillo y cincel los realizaba con un afecto que crecía. Cuando su cincel finalmente dejó de tallar, apareció ante él una mujer de tal perfección, que Pigmalión, que había profesado su desdén por todas las mujeres, se enamoró perdidamente.
Le traía regalos, la acariciaba, la besaba y hablaba con ella todos los días. Le trajo regalos que pensó que una mujer disfrutaría, como bonitas conchas marinas, cuentas, pájaros cantores, adornos y flores.
Vistió a Galatea con ropa fina y la adornó con anillos en los dedos, collares alrededor de su cuello e incluso aros en sus orejas. Sin embargo, era muy irónico, que aquel que había despreciado a las mujeres se enamorara de una que nunca podría corresponderlo.
Tal pasión no podía pasar desapercibida para la diosa del amor, Afrodita. Se compadeció del joven y, cuando Pigmalión fue a su templo para sacrificar un toro, Afrodita le dio una señal. Mientras la ofrenda ardía en el templo, las llamas se dispararon una, dos, tres veces.
Pigmalión se fue a su casa, preguntándose qué había sido la manifestación que había visto en el templo. Sin embargo, cuando entró en su estudio y vio a Galatea, todos los demás pensamientos fueron desterrados de su mente. Corrió hacia su escultura y la abrazó.
Le pareció que Galatea era más cálida al tacto, o era acaso solo el calor de la puesta de sol que había calentado la piedra? Él la beso.
Pero... ¿Los labios de la Galatea se sentían realmente suaves? Pigmalión retrocedió sorprendido y la miró detenidamente.
¿Es que se había encendido una chispa de vida en el interior de la figura de mármol o lo estaba imaginando todo?
Pues no, Afrodita había dado vida a Galatea, como si fuera el hada azul de la mitología griega.
La mente de Pigmalión iba de la duda a la alegría, temiendo estar equivocado.
Pero no, estaba viva. Pigmalión, comprendió que lo que le estaba sucediendo, era el resultado de su oración a la Diosa Afrodita.
Afrodita bendijo esta unión entre Pigmalión y Galatea de la que nació un niño llamado Paphos, que luego daría nombre a la ciudad homónima en Chipre, una ciudad sagrada para la diosa del amor.
Pigmalión y Galatea llevaron regalos a su templo durante toda la vida y Afrodita los bendijo con gran felicidad.
El amor inusual que floreció entre Pigmalión y Galatea cautiva a todos. Enamorarse de la propia creación y luego obtener aquello tan deseado.
El protagonista de este relato da nombre a un fenómeno que en psicología se conoce como efecto Pigmalión o profecía autocumplida: lo que los demás esperan de nosotros, lo que creen que somos o podemos llegar a ser nos lleva a cumplir esas expectativas.
Los psicólogos Robert Rosenthal y Leonore Jacobson demostraron en 1964 la existencia de este efecto con un experimento en una escuela de primaria. Hicieron un test de inteligencia a todos los alumnos, y todos sacaron notas similares. A continuación, escogieron a una serie de niños al azar e informaron a sus profesores que habían sacado notas altísimas en el test (lo cual no era cierto) y que por tanto tendrían un rendimiento académico mucho más elevado que el resto. Al acabar el curso, comprobaron que efectivamente los niños señalados habían sacado notas mucho más altas que sus compañeros. ¿Por qué? Porque los profesores, convencidos de su potencial, durante todo el curso les habían prestado una especial atención, dándoles más confianza y estimulándolos con mayores retos.
Así pues, las expectativas que los demás tienen sobre alguien, determinan la manera en que le tratan, lo que influye en la concepción que esa persona tiene de sí misma y en su comportamiento.
Pero de la misma manera que el efecto Pigmalión tiene una cara positiva, también puede tener un lado menos amable: cuando las expectativas son negativas suponen un verdadero obstáculo para el desarrollo de la persona, que tiene que luchar para romper con esa imagen que se tiene de ella y demostrar su valía. Esto puede dar lugar a problemas de autoestima y bajo rendimiento, especialmente entre los niños y jóvenes que son los más vulnerables a este efecto.
En el arte este mito se ha visto representado en varias obras, es el caso de esta pintura de Jean-Léon Gérôme. Que narra con sus pinceles la historia de un Pigmalión que después de ofrecer sus plegarias a Afrodita, regresó a su estudio con la cabeza baja. Había dedicado tantísimos años a la realización de mujeres de piedra y marfil, que se había olvidado de conseguir una que respirase. Encerrado, como ya le era habitual tras largos años de profesión devota, se dejó envolver una última vez por las sombras en la soledad.
Con pasos pesados se adentró en el alboroto de piezas engendradas, que permanecían en resguardo hasta encontrar una mazmorra más decente que decorar. Su obra maestra estaba en el centro del estudio: soberbia y magnífica, Pigmalión no encontraba falla alguna en la mujer que había creado del marfil. En un arrebato de éxtasis por la perfección de la figura, el escultor se lanzó a besarla. En ese instante, sintió los labios de piedra humedecerse, y el peso del material poco a poco se hizo de carne.
Esta imagen de la mujer de marfil que respiró por la gracia de Afrodita llamó la atención, siglos después, a un Jean-Léon Gérôme, que fascinado, como estaba, por las culturas orientales-arábigas, tomó un respiro del influjo no-occidental al que había dirigido su trabajo por tantos años para fijarse en los pliegues poéticos del mito griego. Es por esto que captura el abrazo de la mujer de marfil con su escultor, en la obra que tituló sencillamente Pigmalión y Galatea (1890): se ve la transformación de la piedra a la carne, siendo que la figura femenina ya tiene la flexibilidad que los músculos permiten, pero permanece aún aferrada a la base sólida que la había sostenido. La mujer de marfil al fin respira.

Las Obras
Pigmalión y Galatea
Pintura de Jean-Léon Gérôme
Artista: Jean-Léon Gérôme
Tamaño: 89 cm x 67 cm
Ubicación: Museo Metropolitano de Arte
Género: Arte narrativo
Período: Academicismo

Comentarios

Publicar un comentario