El Nombre de la Rosa se hizo realidad: hallan una biblioteca con libros envenenados.

Las páginas de tres raros volúmenes de los siglos XVI y XVII habían sido archivadas con un poderoso tóxico. Y estaban al alcance del público.  
Ahora están dentro de unas cajas de cartón, ventilados y separados del resto de volúmenes con etiquetas de seguridad. La idea es digitalizarlos para minimizar el riesgo del contacto físico. Pero durante años estuvieron al alcance de cualquiera de los usuarios de la Universidad de Southern Denmark, en Esbjerg, Dinamarca. Hasta que descubrieron que los tres libros habían sido embadurnados con arsénico. 
Este elemento químico se encuentra entre las sustancias más tóxicas del mundo, provocando desde una intoxicación hasta el desarrollo de un cáncer... o la muerte. Se necesitan apenas 0,15 gramos del rey de los venenos para acabar con la vida de una persona de 75 kilos. Una vez ingerido, camuflado con productos como la harina o el azúcar, el cuerpo lo asimila con rapidez. Del aparato digestivo al torrente sanguíneo, desde donde se distribuye por todos los órganos, aunque se concentra en las uñas, el pelo, la piel, las arterias y el hígado.

“Algunos recordarán el libro mortal de Aristóteles que juega un papel vital en la trama de El nombre de la rosa, la novela de Umberto Eco. Envenenado por un monje benedictino loco, el libro causa estragos en un monasterio italiano del siglo XIV, matando a todos los lectores que se lamen los dedos al pasar las páginas tóxicas”, recuerdan investigadores .

Jakob Povl Holck y Kaare Lund Rasmussen son los profesores que se han topado con los tres raros libros de los siglos XVI y XVII con grandes concentraciones de arsénico en sus cubiertas. Todos los volúmenes formaban parte de la colección de la biblioteca de su universidad y nunca nadie se había dado cuenta de lo peligrosos que eran. Incluidos Holck y Rasmussen.“La razón por la que llevamos estos libros al laboratorio fue porque previamente habíamos descubierto que se habían utilizado fragmentos de manuscritos medievales, como copias de la ley romana y la ley canónica, para hacer sus portadas. Está bien documentado que los encuadernadores europeos en los siglos XVI y XVII solían reciclar pergaminos más antiguos”, dicen.

Mientras se intentaba identificar “los textos latinos utilizados, o al menos leer parte de su contenido”, los expertos descubrieron que eran “difíciles” de interpretar por culpa de una “extensa capa de pintura verde que oscurecía las viejas letras manuscritas”. Por eso los llevaron al laboratorio para someterlos a un análisis de rayos X.
“La idea era atravesar la capa de pintura para enfocarnos en los elementos químicos de la tinta que está debajo, como el hierro y el calcio, con la esperanza de que las letras fueran más legibles”, señalan los investigadores. Su sorpresa fue mayúscula cuando el estudio halló que la capa de pigmento verde “era arsénico”.

Era difícil identificar qué libros eran por una extensa capa de pintura verde que oscurecía las letras. Era el veneno.

Jakob Povl Holck y Kaare Lund Rasmussen creen que la pintura de las cubiertas es “verde de París” o “verde esmeralda” por sus tonos llamativos similares a los de la popular piedra preciosa. “El pigmento de arsénico es fácil de fabricar y se ha utilizado comúnmente para múltiples propósitos, especialmente en el siglo XIX”, afirman.

“En su apogeo, la mayoría de materiales, incluso las cubiertas de libros y la ropa, pudieron haber sido recubiertos de verde de París por razones estéticas. Y el contacto continuo de la sustancia con la piel provocaría la aparición de distintos síntomas”, aseguran los profesores de la Universidad Southern Denmark.

En el siglo XIX descubrieron que el arsénico era tóxico, dejó de usarse como pigmentos y se utilizó como pesticida.

En la segunda mitad del siglo XIX, sin embargo, los efectos tóxicos de esta sustancia se difundieron ampliamente y esta variante con arsénico dejó de usarse como pigmento y pasó a usarse... como pesticida. “A mediados del siglo XX, su uso en las tierras de cultivo también fue descartado”, añaden.

“En el caso de nuestros libros, aún así, el pigmento no se usó con fines estéticos. Una explicación plausible para la aplicación del verde de París en los libros antiguos -probablemente en el siglo XIX- es que fue utilizado para protegerlos contra insectos y alimañas”, dicen Holck y Rasmussen.

Vía: David Ruiz Marull. La Vanguardia y Clarín



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