Un día, de repente,
mientras se está peinando, en silencio
o mientras se pone una media,
recordará mi gesto
y se encontrará sonriendo, pensando en mí.
Un día, repentinamente
pedaleando rápido bajo las primeras gotas
de una cálida lluvia de septiembre,
olerás un olor que llega a tu nariz
y despertará un recuerdo de cucharones y sartenes
y me verás frente al fuego por un momento.

Un día, de repente,
 harás algo que yo haría de
la misma manera que lo hice
y te sorprenderás
porque nunca pensaste que podrías verte tanto
como yo.

Un día, de repente,
 mirará el dorso de sus manos
y con el pulgar y el índice
pellizcará su piel, levantándola
y contando el tiempo que lleva acostarse
pensando cuándo lo hizo con mis manos.

Un día, de repente
te encontrarás cansado, abrazando a un niño, me
rogarás perdón por las veces que lloré
sabiendo que ya todos habías sido perdonados.

Y te echaré de menos para hacerte daño
Pero estaré contigo en cada gesto
o moviendo las hojas
en el susurro de un gato en el jardín
o en los pasos de un petirrojo en la nieve
como solo la presencia eterna de una madre puede.

Caterina Turroni

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